En épocas muy remotas, tan remotas que todavía no existían los humanos, †iopovo y sus divinidades se aburrían extraordinariamente, cansados de contemplar eternamente su creación de cielos estrellados, montes de verdes, praderas, bosques de corpulentos árboles, ríos de aguas cristalinas y mares misteriosos y profundos, donde pululaban infinidad de animales, tanto en tierra como en agua, siguiendo siempre las mismas reglas y los mismos caminos trazados para cada especie por los distintos dioses.
De vez en cuando iniciaban esos dioses algún juego entre ellos mismos para distraerse, pero como eran dioses, y sabían todo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, no había posibilidad de hubiera un vencedor ya que, antes de iniciar la partida, cada cual conocía las cartas o los triunfos de todos los demás. Y, llenos de hastío, bostezaban y se entregaban de nuevo a la tediosa contemplación de su maravilloso entorno.
El dios Fatalo, que tenía una mente muy calenturienta, hizo una proposición ante la asamblea de dioses, presidida por †iopovo, que fue acogida con mucho entusiasmo. Decía Fatalo: "He aquí, hermanos dioses, eternos y divinos, que nuestro diario transcurrir es una sucesión sin sucesos, es un vivir sin vida, es un querer sin llegar puesto que antes de salir ya estamos en la meta. Nuestra inmensa sabiduría y poder nos impide realizar competencias de entretenimiento entre nosotros y, en ese sentido, estamos casi igual que esos animales que hemos creado que siguen ciegamente los programas instalado en sus cerebros, generación tras generación, siempre igual, en una eterna monotonía muy parecida a la nuestra. Necesitamos unos seres que crean poseer libertad de acción para competir libremente en toda clase de tareas, estratagemas, martingalas y juegos, en los que ellos se consideren actores únicos y principales. Aunque nosotros sepamos de antemano los resultados, será una gran distracción ver cómo se preparan para la lucha y cómo se esfuerzan por alcanzar las metas que ellos mismos se propongan y ansíen".
La proposición fue unánimemente aceptada y fue la diosa Krea la encargada del diseño y producción de los nuevos seres para regocijo y entretenimiento de los dioses de la Diejo. Krea ordenó a las náyades que le trajeran los mejores caolines de sus bosques y ríos con los cuales modeló las figuras que habría de presentar ante los dioses. E hizo unas figuras que en todos sus rasgos y formas se asemejaban a las de ellos mismos.
Cuando se reunió la asamblea, y los dioses observaron el proyecto propuesto por Krea, hubo un silencio de asombro ante la belleza de los modelos que fue inmediatamente seguido por una salva de aplausos celestiales. Y dijo Krea: "están moldeados a nuestra imagen y semejanza y propongo que se les provea del mismo programa que dimos a los otros animales, para que crezcan y se multipliquen en el mundo inferior de los mortales". Y entonces habló Prudento: "Pero...si va a ser una especie más entre las otras, ¿qué ganamos con eso?" A lo que replicó Krea: "Será a nuestro padre Zeus a quien corresponda darles un hálito especial, un soplo de inteligencia racional, junto al programa primitivo al que me referí anteriormente. Se creerán dioses, sin serlo, y actuarán como dioses, sin poderlo. Pero eso dará lugar a un espectáculo único, continuamente variable, de gran entretenimiento para nuestros ojos y sentidos."
Y así lo hicieron. Y así se pobló el mundo de los mortales con la nueva especie de los homos, dotada con las glorias del soplo divino y las miserias del programa de la vida. Y así empezó la infinidad de acciones de estos nuevos mortales que inmediatamente colmó las expectativas de distracción, entretenimiento y regocijo para todos los dioses de la Diejo.
Y un buen día la diosa Sciema, que era muy curiosa, preguntó a Krea: "¿Pero...esos homos no se dan cuenta de que son solamente juguetes nuestros?"
A lo que respondió Krea: "No, aunque ellos se consideren dioses no pueden comprender el designio de †iopovo cuando fueron creados. Y, creyéndose dioses, no pueden entender que lo que ellos llaman nacer no es más que salir de un nirvana eterno para entrar, sin darse cuenta, en nuestro juego. Cuando cualquiera de ellos, después de muchos avatares llega al final del juego, a la meta, para recibir el primer premio, tampoco se da cuenta de que lo ha logrado, porque, en ese preciso instante, vuelve al mismo eterno nirvana de donde ha salido. Eso, que ellos llaman "vida", no es más que nuestro "juego".