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El Perro
Por Fernando M. Sassone

Cada perro debe tener su día.
Jonathan Swift

Hoy murió mi perro. Esperaba su muerte con ansias. Durante ocho años me carcomí por dentro, debatiéndome entre darle muerte con mis propias o hacerle sentir mi profundo odio cada día. El odio inicial, traspasado por la cotidianidad, se torno acaso un sádico deporte...
Hoy, muerto el perro, antes que sentirme liberado, me domina un sentimiento de vacuidad y ya no se si durante estos ocho años ha sido él o yo el más perjudicado.

Nunca había querido tener mascotas. Desconfiaba de los animales. Si cedí a mi convicción fue a instancias de mi esposa, que aseguraba que un perro sería un fantástico compañero de juegos para nuestra pequeña hija.
Supe que las razas boxer y setter tenían fama de llevarse bien con los niños y me decidí por un setter por su aspecto más amigable.
Durante el primer año nuestra hija jugó con el cachorro cada día. Lo cuidaba con mucho entusiasmo: lo bañaba, lo cepillaba y lo alimentaba. Pensé entonces que, después de todo, tener un perro no había sido una mala decisión.
Pero un soleado domingo de otoño, mientras charlaba con mi esposa después del almuerzo, escuchamos gritar a nuestra hija desde el jardín.
Sobresaltados, salimos y nos encontrarnos a nuestra princesita con el rostro ensangrentado. Desesperado, corrí hacia ella y la tomé en mis brazos. Limpié su cara con mi remera y me espanté al ver su carita marcada por la dentadura del perro.
–¡Mico me mordió! –me dijo entre sollozos.
Una sensación de frío recorrió todo mi cuerpo. Sentí un leve mareo a la vez que la adrenalina fluyendo en mis venas.
Mi mujer gritaba y balbuceaba incoherencias. La miré y con vehemencia le pedí que se callara. Contenida y sollozando comenzó a palpar todo el cuerpo de nuestra hija.
Yo examiné mejor su cara. Tenía un desgarro en el pómulo izquierdo, un corte en la nariz y otro desgarro en la comisura de la boca. Miré al perro, que bajó la cabeza y sin dejar de mirarme, caminando lentamente se metió en su cucha.
Abracé a mi hija con fuerza y cerré los ojos buscando respuestas…
Sabía lo que tenía que hacer: limpiar, desinfectar y llevarla al hospital.
Mientras entraba a la casa le pedí a mi esposa que me llevara el botiquín al baño y preparara todo para salir al hospital: documentos, abrigos y los certificados de vacunación del perro, y que sacara el auto del gararge y me espere con el motor en marcha.
Limpié su carita con agua y jabón mientras le daba ánimos con palabras dulces.
Masticaba mi bronca y mi impotencia cuando llegó mi esposa con el botiquín. La sangre no paraba de manar, ni ella de llorar. La herida del pómulo se veía muy mal y la del labio sangraba con cada movimiento de boca. Tenía que lograr que deje de llorar. Le conté que a mí, de chico, también me había mordido un perro, y que finalmente me curé muy bien. Me preguntó como se llamaba el perro, y si mi papá lo había retado... Mi historia la había calmado, así que seguí hablando.
Con un algodón le apliqué peróxido y con gasa presioné sobre las heridas para detener la hemorragia. El perro estaba vacunado, pero me preocupaba la posibilida de que la carita le quedara marcada.
Salimos del baño al tiempo que mi esposa se disponía a poner en marcha el auto.
Cuando llegamos a la guardia y logramos que la atendieran la hemorragia ya se había detenido. Una enfermera volvió a desinfectar con yodo mientras esperábamos al médico, que no tardó en llegar. Entró con aire indiferente. Parecía cansado y tenía ese aire sobrado tan común en los de su profesión.
Miró a la nena y nos hizo algunas preguntas, la revisó detenidamente, y decidió suturarle el pómulo y el labio con un adhesivo especial. Preguntó si el perro estaba vacunado. Mi esposa le extendió los certificados de vacunación que miró distraídamente.
No nos garantizó que no le fueran a quedar cicatrices. El resto fue un trámite.
Tres horas después ya estábamos en casa. Nuestra hija dormía y mi esposa y yo, sentados en el comedor, nos mirábamos en silencio.
–Perro de mierda... voy a matarlo –dije seriamente.
–¡Por favor, no! –se horrorizó mi esposa–, ¡por favor!
Otra vez cedí a sus ruegos, pero impuse una condición.
Al día siguiente me desperté temprano y salí de compras. Regresé con una barra de hierro de dos metros de longitud perforada en un extremo, una cadena de cuatro metros, y dos candados de acero. A martillazos enterré la barra en el jardín hasta dejarla al ras del suelo. Con los candados uní los extremos de la cadena a la barra y al collar del perro.
El animal vivió encadenado el resto de sus días.
Lo enterré allí mismo, con cadena y todo.

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Fernando M. Sassone
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