Ayer por la tarde estuve fuera de casa por trabajo y cuando regresé a la noche mi esposa me contó que se le cayó el teléfono celular al río, cerca de nuestro muelle. El celular ya no sirve, porque estuvo medio día bajo el agua, pero vale la pena recuperar el chip para ahorrarme tramitar uno nuevo.
Entonces me decido, me calzo un traje de baño y bajando por la escalera me voy sumergiendo en el río para buscarlo. El agua está fría, muy fría, y con cada peldaño que bajo siento mis músculos contraerse y estremecerse, como si se tratase de agua sacada de la heladera.
Ya estoy en el río, el agua me llega hasta el cuello. Empiezo la búsqueda tanteando con la planta del pie el fondo fangoso, siguiendo un esquema de cuadriculas que hice mentalmente. De a poco voy cubriendo la zona en donde Mariana me dijo que podía estar, pero no lo encuentro.
Sigo buscando durante diez minutos, sintiendo cada segundo que el frío que me envuelve y me oprime todo el cuerpo. Es como una tortura sutil, casi gentil.
Pienso en las expediciones de exploradores perdidas en el polo, en los montañistas afrontando la temperatura de las cumbres, en los locos que mediante el control de su fisiología logran resistir este tipo de inmersiones en aguas aún más frías...
El frío continúa, pero ya no me molesta tanto, la siento como algo inevitable con lo que podría acostumbrarme a convivir. Ya no pienso en el frío sino en el celular que no aparece y en el tiempo que voy a tener que perder para tramitar un nuevo chip.
La sensación fría ya es casi refrescante. Siento mi cuerpo contraído, como si se hubiese replegado hacia adentro abandonando a la piel para que ella sola lidie con el problema. Ahora la sensación es casi analgésica, me siento adormecido.
No se cuánto hace que estoy en el agua y estoy casi convencido de que lo que experimento es una sensación placentera. Pienso que si me convirtiera en un ser acuático podría continuar el resto de mi existencia en este agua fría.
Cansado, doy por terminada la búsqueda, aflojo las piernas y me quedo inmóvil, flotando. Cierro mis ojos y me invade una gran tranquilidad. Me sumerjo completamente, y me dejo arrastrar por una suave corriente que me lleva hacia el centro del arroyo, donde ya no hago pié.
Me voy hundiendo lentamente... ya no pienso en nada, solo me dejo llevar.
El silencio es sobrecogedor y me olvido de todo, y de mí mismo. Soy uno con el río, uno para siempre.

Fernando M. Sassone
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