A Hugo Biancchetti, in memoriam. (1934-2013)


Señores: en medio de la tribulación que nos aflige, y prescindiendo de consideraciones políticas acerca de los tristísimos acontecimientos de ayer, paréceme que en modo alguno podemos quejarnos.

El capitán Veneno. Pedro de Alarcón.


Cada escalón representaba un desafío y hoy eran once. El día anterior a la misma hora, la marea había estado más alta y había dejado solo cinco escalones descubiertos. Así, el nivel de las aguas del arroyo dictaba el desafío de cada día.
Si las aguas continuaban bajando con la misma fuerza pronto se verían los quince escalones llegar hasta el barro del lecho del arroyo.
Le gustaba imaginar que la escalera continuaba bajo el barro y se hundía hasta las entrañas de la tierra directo hasta el infierno, y que alguna vez experimentaría ese descenso. Cada día, al subir o bajar las escaleras imaginaba este tipo de cosas. La fantasía es el divertimento del hombre solo.
Bajar de la lancha a la escalera podría resultarle engorroso si no fuera por que había desarrollado un método: Parado en la lancha, se aferraba con ambas manos del escalón que tuviese a la altura de sus hombros, colocaba su cuerpo paralelo a la escalera y pasaba la pierna izquierda, así afirmado trasladaba el peso de su cuerpo a esa pierna y entonces pasaba la otra pierna. Quedaba así recostado boca abajo sobre la escalera y subía los primeros escalones a gatas hasta quedar incorporado.
Ciertamente la isla no era el lugar ideal para gente de su edad.
Ya erguido sintió que la primera batalla estaba ganada y tomó aire para enfrentar lo que venía.
—Ya son cuatro escalones menos, uno más y... ¡cinco!... y quedan seis.
Se detuvo un momento a descansar.
Nunca se apuraba a subir y siempre lo hacía bien despacio, con la experiencia que le dieron los años y la paciencia aprendida de la que fue la pasión de su vida: el montañismo.
—Primero el pie derecho, afirmarse bien, y luego el izquierdo. Ya estoy en el sexto...
El equilibrio le resultaba fundamental, especialmente desde que dos años atrás una marea se había llevado lo que quedaba de la única y deteriorada baranda del lado de la costa. Del lado del arroyo las escaleras de la isla no llevan baranda, para permitir el desembarco desde las embarcaciones.
Viéndolo subir tan lastimosamente cualquier juzgaría que tan endeble condición física debía resultar humillante para alguien como él que había escalado los picos más altos del mundo, que cuatro veces había tocando el cielo de América desde la cima del Aconcagua. Pero él no se sentía humillado sino que lo consideraba un desafío.
—Siete...
Sus anécdotas de andinista provocaban la admiración de sus vecinos, sobretodo las del Aconcagua, que juzgaban la mayor proeza concebible. Era inútil hacerles entender que había picos de menor altura pero más complejos de ascender. La altura de un monte solo agrega la dificultad de la falta de oxígeno y la baja presión, pero otros factores resultan más determinantes en la ascensión, como ser el lugar elegido para ascender, la estación del año, las condiciones del clima, el equipo y el peso acarreado... pero ya nada de eso formaba parte de su vida y el presente le aparejaba problemas más mundanos y más inmediatos para resolver, como las dos escaleras que debía atravesar para entrar o salir de su casa, o peor aún, su irremediable y completa soledad.
—Ocho escalones, ya falta menos...
La soledad le pesaba. Su esposa había fallecido treinta años atrás y él no había vuelto a casarse ni a formar pareja. Su hija vivía en Europa. No tenía hermanos, ni primos, ni parientes vivos. Los pocos amigos que le quedaban vivían aislados por su propia vejez, o encarcelados en geriátricos.
En cuanto a las escaleras, tenia dos. Quince escalones la del muelle y once la de la casa, que estaba sobreelevada para protegerse de los usuales repuntes de marea en las islas del delta, que podían alcanzar los 3,50 metros o más sobre la cota promedio de mareas bajas. Había también dos altos escalones a la salida del muelle. La escalera del muelle era el verdadero desafío, los dos escalones intermedios lo ponían de mal humor, porque eran muy altos, y la escalera a la casa en cambio le resultaba solo un trámite, ya que estaba muy bien compensada y poseía sólidas barandas. Luego solo le restaban diez pasos hasta su cómodo sillón de pana verde, donde se sentaba para recuperar el aliento mientras rememoraba la escasez de oxígeno en la alta montaña antes de quedarse dormido.
—Nueve. Dos más... ¡Vamos!
Escucha el motor de la canoa isleña de su vecino Juanjo que entra al arroyo. Atento al sonido, espera un poco y da media vuelta en el momento exacto en que Juanjo pasa frente a su muelle. Su vecino lo saluda con un gesto y con esa molesta mirada reprobadora que pareciera anticipar la tragedia de que sus piernas le fallen y termine en el río flotando boca abajo.
No le molestaba su actitud, pero sí su pesimismo. A los noventa y cuatro años la idea de la muerte no era una perspectiva trágica sino una probabilidad cotidiana en donde la circunstancia era lo de menos. ¿Qué podía importar su ocurría en el río, en el sillón, subiendo o bajando la escalera, en la ducha o en la cama?
El problema no era ese sino la simple ineluctabilidad de la muerte.
—Diez...
Descansa un poco, recupera el aliento, se afirma, y el último paso.
—Y once, finalmente.
Conquistada la cima, mira con orgullo a su alrededor.
Ya en el muelle lo invade una sensación de vértigo, porque este tampoco tiene barandas, y mide un metro de ancho por seis de longitud, culminando en los dos altos escalones que bajan al terreno.
Le falta el aire y experimenta un leve mareo. Inspira profundamente y comienza a caminar.
Se mueve trabajosamente y siente que se arrastra. Imagina que es un enorme caracol, cargando su enorme y viejo caparazón, y que va dejando su rastro de baba por todo el muelle. Pensó que a medida que avanzaban, los caracoles dejaban parte de sí mismos en el camino. Se gastaban. Y él también se había gastado transitando la vida, y ya no quedaba mucho rastro para dejar. Imaginó que era un caracol seco, y que a su paso dejaba un fino y mezquino rastro de baba.
Distraído en sus pensamientos llegó al final del muelle y se detuvo. De nada le serviría ahora la resistencia de sus piernas cuando lo que necesitaba era elasticidad y equilibrio para amortiguar su peso al bajar cada peldaño. Quedó allí parado como negándose a avanzar.
-Todo el mundo educado y hasta el más humilde albañil sabe que la alzada de un escalón no debe exceder los diecisiete centímetros. Tenía que existir alguna explicación lógica que explique la existencia de esos dos escalones de veinticinco que le amargaban cada día.
Tomó aire y esperó un poco más. Adelantó el pie derecho y lo hizo descender muy despacio como tanteando el aire a través del temido vacío de veinticinco centímetros. Absurdamente, la situación le recordaba al descenso de una montañas.
—Tal vez se quedaron sin madera. Tal vez la escalera original sí tenía tres escalones pero en algún momento fue destruida y debieron improvisar los dos escalones actuales.
Tantea el escalón con la punta del pie y entonces deja caer el peso de su cuerpo experimentando un brusco estremecimiento.
—Tal vez fue la desidia y desinterés del constructor. En la isla hay gente que hace cualquier cosa, como estos nuevos isleños, citadinos expatriados que llegan a la isla buscando libertad (o impunidad), que desdeñan los consejos, costumbres y los modos del lugar. Se consideran muy creativos innovando y haciendo las cosas a su modo, como si de libertad se tratase todo. La verdad es que terminan cometiendo las mayores aberraciones arquitectónicas...
Suavemente posa el pie izquierdo al lado del derecho.
Un bastón podría servirle de gran ayuda... pero no tiene, ni quiere tener uno. Podría usar como bastón la pala bichero del bote. La próxima vez podría intentar...
Encara el segundo salto maldiciendo al constructor, y es el punto en que siempre lo invade el mal humor. Sabe que esta operación puede terminar con él rodando por el piso. El pie derecho vuelve a tantear el aire buscando la tierra veinticinco centímetros más abajo, desciende lentamente y cuando la punta toca el suelo vuelve a caer bruscamente con todo su peso sobre el pie, ahora gira la cadera y baja el otro pie.
Ya sobre el terreno se serena.
Escucha el ruido del motor de la lancha de Adela, la loca del fondo del arroyo. No necesita darse vuelta para saber como viene navegando. Va más rápido de lo que debiera, haciendo que las lanchas amarradas golpeen contra los muelles. Como una enajenada, estática, mira al frente con un gesto concentrado, como para justificar el no saludar a nadie que pueda cruzarse. Su actitud es altiva y altanera. Lleva una gran taza de café en la mano derecha, que saborea con ansiedad y con una fingida y estúpida expresión de autosatisfacción.
Hace quince años que estos rusos llegaron a la isla con su hija y les bastaron un par de meses para mostrarle a todo el barrio qué tipo de gente eran. Soberbios y antipáticos subestiman y menosprecian a todos. Ella es una mujer egoísta, desconsiderada e indolente. Su marido aparenta ser un buen tipo, pero ¿habría formado pareja con esa bruja si realmente lo fuera? Nadie es inocente de lo que elige, ni de cómo o con quien vive. Es cierto que el tipo aparentaba un aire de dignidad, pero ese misterioso donaire era solo una cuestión estética, mérito exclusivo de su barba de profesor universitario, sus anteojos redonditos tipo Lennon y esa mirada desorientada que suele causar ternura en las mujeres y pena a los hombres. Pero él no sentía pena por un intelectual mentecato dominado por la histeria y la locura de su malvada mujer...
Con la indignación a flor de piel logró subir varios escalones de un tirón.
Ahora escucha el ruidoso motor interno chino de la lancha de Claudio y esta vez se da vuelta, lo busca con la mirada y levanta el brazo para saludarlo. Claudio le sonríe y le grita algo incomprensible. Imposible escuchar nada con el batifondo que produce e ese motor. Claudio es un gran tipo y un buen vecino. Cada día por la mañana lo ve pasar y por la tarde lo ve regresar, siempre a la misma hora, puntual como un reloj. Cuando llega al puerto de Tigre aún le quedan una hora y media de colectivo hasta el taller donde trabaja arreglando autos importados Honda, Toyota, Hundai... Siempre tiene mucho trabajo y se toma muy pocas vacaciones, porque quiere reservarse los días para edificarse su propia casa en la isla y dejar de alquilar. El pobre tipo lleva una vida de mierda.
Le quedan seis o siete escalones y ya solo piensa en su sillón de pana verde. El cansancio y una inusitada prisa lo incitan a llegar cuanto antes hasta su sillón. Apurando el paso llega al umbral, abre la puerta, entra, la cierra y da esos últimos diez pasos hasta el sillón, que hoy se le hicieron más largos que nunca.
Se sienta. Está agitado. Toma aire y suspira. Más tranquilo, cierra los ojos y se duerme.
Sueña que es joven otra vez, y que la vida se le abre como una flor perfumada ofrecíéndole los más diversos caminos. Mecánicamente vuelve a optar por las sendas ya transitadas: elije la misma carrera, la misma universidad, los mismos deportes y pasatiempos, la misma mujer para formar su familia, el mismo trabajo, la misma pasión por el montañismo, los mismos amigos...
Invariablemente, sus pasos lo llevan exactamente a donde está hoy, durmiendo en un sillón, solo, en su casa de la isla.
Abre los ojos. Se levanta. Se siente descansado y con singular desenvoltura se dirige hacia afuera. Abre la puerta y mira el paisaje desde su balcón. Todo le resulta más vívido, más intenso, como si luego de sus noventa y cuatro años recién ahora despertara de un largo y cansador sueño. Se siente atraído hacia el río y sin pensar en sus limitaciones físicas baja las escaleras de la casa y se dirige hacia el muelle, sube los dos altos escalones y atraviesa el entablillado hasta la escalera. La marea seguía bajando y había dejado al descubierto el lecho del río en la base de la escalera. Guiado por un deseo irrefrenable, desciende hasta el último escalón y se detiene mirando el barro, que ve abrirse dejando al descubierto una interminable escalera.
Comprendiendo todo, comienza el descenso.
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Fernando M. Sassone
de "Agua café con leche"
(Historias y relatos del Delta del Paraná)


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