A Martín Riva

Mi conciencia puritana no me hubiera permitido soñar con desear a otra mujer que no sea mi esposa, si no fuese porque en este sueño yo estaba felizmente soltero. Además de mi estado civil, eran otros el tiempo y el lugar.
El escenario, como suele suceder en los sueños, era una fusión caprichosa de tiempos y espacios que convivían, sin embargo, con natural armonía.
Estaba yo en la oficina que solía ocupar hace diez años, en la Zona Norte de Gran Buenos Aires, en mi trabajo como consultor publicitario. Mi edad era indefinida.
Aunque por aquel entonces trabajaba solo, en el sueño lo hacía con mi actual socia quien, para mi sorpresa, apareció en la oficina con su hija de diecisiete años.
—Quiero que vea donde trabaja su madre —me dijo.
La chica se sentó frente a mi escritorio y me miró en silencio.
La madre me explicó que era una chica muy capaz, pero que tenía mucho por aprender.
—Me encantaría trabajar con ustedes —me dijo— pero mamá no me quiere trabajando con ella.
—La idea de trabajar juntas me resulta impracticable —acotó la madre—. Sé que podría enseñarle muchísimas cosas, pero no puedo tenerla todo el día conmigo.
Miré a la chica con atención, era bella, y me pareció obvio que poseía una inteligencia singular.
—Mi mamá no me cree capaz de aprender su trabajo —me dijo risueña y con sarcasmo.
—No creo que no sea capaz —se atajó la madre—, pero no me parece sensato que esté todo el día conmigo. Sé que terminaríamos peleando. Pero sí quiero que conozca lo que hago, para que aprenda a valorar el sacrificio que hago por ella.
Miré nuevamente a la chica y su cara me resultó familiar. Sin duda la conocía. Me sonrió y al hacerlo me di cuenta de que era la chica que protagonizaba esa serie de películas de vampiros que está tan de moda y que fanatiza a tantos adolescentes. Entonces me invadió la certeza de que terminaríamos enamorados.
—Acepto que no quieras que trabaje con vos, mamá, pero puedo trabajar con él —dijo con humor desafiante y sin dejar de mirarme fijamente.
La madre me miró en silencio, esperando mi respuesta.
—Yo también podría enseñarle muchas cosas —le respondí.
En este punto, adivino que el lector habrá interpretado en mi frase un doble sentido que en el sueño no existió aunque curiosamente, apenas la hube terminado de pronunciar me di cuenta de que tanto la madre como la hija podrían haber mal interpretado mis palabras, y tuve el impulso de aclarar mis intenciones, pero supe que cualquier aclaración equivaldría a afirmar las sospechas y me callé.
—Yo estoy segura de que con él aprendería muchas cosas —replicó la jovencita sin dejar de mirarme y con una sonrisa capciosa.
Nos quedamos los tres en silencio, mirándonos. La madre, molesta, la hija, indiferente y yo, incómodo.
La chica sacó de su bolso un cuaderno de dibujos y me lo dio. Había figuras humanas, mujeres, torsos, viñetas y retratos hechos con gran maestría.
Le dije que eran preciosos y que yo podía editarle un libro.
—No son tan buenos —me dijo sonriendo.
Su sonrisa me cautivó, y entonces pude reconocer a mi esposa.

- - -
Fernando M. Sassone
www.finisafricae.com.ar
twitter: @f_sassone

Si querés apoyar alguno de mis emprendimientos, dale "Me gusta", o visitá mis páginas.
www.facebook.com/singularidad.fotografia
www.facebook.com/Mariana.Busch.dibujos
www.facebook.com/simplisimus.juguetes

Diseño Gráfico
www.elbosco.net

Fotografía
www.fs.singularidad.org
www.flickr.com/singularidad
www.flickr.com/pequod

Juguetes artesanales de madera
www.simplisimus.com

Blogs
www.finisafricae.com.ar
www.cineticon.com.ar
www.pinterest.com/fsassone