Estaba entrevistando a una cliente para iniciar el trabajo de una nueva página web para su empresa y me contó que en una de las fotos que sacó para su antigua web había salido un fantasma. Me dijo que era un niño, y que en la foto se veía perfectamente su silueta, toda amarilla, y los rasgos de su cara.
Le habían puesto de nombre Martín y habían aprendido a convivir con él a pesar de las travesuras que éste cometía: Golpeaba las puertas de los lockers del personal, abría repentina y violentamente las puertas de acceso a las líneas de producción, y muy eventualmente se le aparecía a alguna de las chicas reflejado en el espejo del baño. Cuando sucedía esto se enteraban por los alaridos de terror que profería la testigo, que surcaban las losas del edificio desde el tercer piso hasta la administración, en el segundo piso.
Me contó también que uno de los socios se negaba a que se hablase del tema y que un día se enojó y dijo que al fantasma había que ignorarlo, porque mientras más se hablaba de él, más se lo fortalecía y más se legitimizaba su habitación en la fábrica. Esa noche, en la casa del socio también se escuchó un grito de espanto. Después de haberse dado una extensa ducha, al salir, vio escrito en el espejo del baño empañado de vapor, "hola". No volvió a hablar del tema.
Le pregunté si nunca habían pensado en hacer una limpieza espiritual del lugar, mediante algún Pastor evangélico, pero me dijo que no les molestaba el fantasmita y que habían logrado una buena relación de convivencia, que su presencia también aparejaba algunos beneficios, ya que cuando había problemas podía recurrirse a él con ruegos para que se solucionasen.
Me contó que cierto día que estaban atrasados con una producción que tenía fecha y hora de entrega pautada de antemano por contrato, se acercaba la hora en que llegaría el camión del cliente para retirar la mercadería y esta aún no había salido en su totalidad de la línea de producción. Necesitaban al menos una hora más. Entonces recurrió a Martín, y le pidió que atrasara la llegada del camión. Minutos más tarde llamaron de la empresa para avisar que el camión llegaría una hora más tarde porque había pinchado un neumático. Aprovecharon ese tiempo para terminar la producción y cuando llegó el camión la mercadería estaba lista para cargarse. Una vez cargada, ella fue a su oficina y proclamó: "¡Gracias Martín!". En ese momento hubo una bajada de tensión y se apagaron todas la luces y maquinarias de la fábrica por unos segundos para rápidamente volver a la normalidad. Era Martín que acusaba recibo del agradecimiento.
—Te creaste un dios personal —le dije.
—Me da escalofríos -me respondió —pero es algo que aprendí a aceptar.
Su respuesta había sido algo evasiva, al menos me cerraba las puertas hacia donde pretendía yo llevar el tema.
Esta gente convivía con esa realidad y la había aceptado como algo inevitable. El espanto original había cedido paso a un coloquial respeto hacia "Martín", un respeto no exento del horror que suele producir lo paranormal.
Por mi parte, soy proclive a creer este tipo de testimonios, y siendo un sincero creyente en Jesucristo(1), no me siento en modo alguno intimidado ni susceptible a esos temores. Tal vez por eso me siento con la libertad de bromear sobre estas cuestiones, actitud que, como se verá en un momento, me ha involucrado en más de un enredo.
Terminada la entrevista, la mujer se quedó en su oficina y uno de los socios me llevó a visitar la planta de procesos. La jornada laboral había terminado y el personal se estaba retirando. El tour por las instalaciones nos llevó media hora. Al terminar, bajamos al segundo piso y el socio se despidió de mí dejándome frente a la administración. La puerta estaba abierta y entré. Vi a la socia que estaba de espaldas ordenado unas carpetas. Me detuve, y en silencio salí de la oficina, me arrodillé, y volví a entrar caminando de rodillas. La mujer me miró distraídamente al tiempo que yo lentamente y con voz aguda y lúgubre decía "soy Martín".
La pobre mujer retrocedió frenéticamente y dio un alarido como esos que se escuchan en las películas de terror. Las carpetas volaron por el aire y se desparramaron por el piso. Me incorporé sin poder dejar de reírme... Afortunadamente, ella también se rió y mientras juntaba las carpetas me dijo:
—Qué hijo de puta... casi me matás del susto.

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Fernando M. Sassone
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1. El cristianismo no acepta la posibilidad de que haya "almas en pena" en la tierra. Dice San Pablo que luego de la muerte el alma va a juicio, para salvación o condenación, y en espera de la final resurrección en cuerpo.
En su carta a los cristianos de Efeso, Pablo habla de "las asechanzas del diablo," de "principados" y "potestades," de "huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" y de "los dardos de fuego del maligno,"
Entonces, desde el punto de vista cristiano, estos seres sobrenaturales son ángeles caídos que buscan confundir, atemorizar y afectar espiritualmente a la gente, haciéndose objeto de culto o veneración, para lograr sustraer a las personas de la consigna del primero de los diez mandamientos, aquel que Jesús proclamó como el más grande de los mandamientos: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas” (Evangelio según Marcos 12, 28-30)