A Juan Bautista Duizeide

Era un navegante de sangre y de estirpe. De su padre y su abuelo había aprendido los secretos de la vela, del río y del mar. Había navegado en las situaciones más difíciles, enfrentando las más recias sudestadas y fieros pamperos en el Río de la Plata y tormentas huracanadas en la Patagonia. Había costeado el Brasil hasta el Caribe y de vuelta hasta el Cabo de Hornos.
Concebía el mar como una sábana gigantesca, una fina membrana ondeante sobre la que se deslizaba como un ave.
Una tarde, en altamar, la visión de ese mundo le cambió por completo.
Estaba oscureciendo. Miró la superficie del océano y se le antojó gris, negro, intenso, profundo. Se dio cuenta de que bajo la superficie, bajo esa delicada membrana sobre la cual él flotaba, había un abismo insondable. Se acercó a la barandilla y miró hacia abajo. El océano era ahora una masa gigantesca y abismal. Su vista penetró la superfice y se sintió en la cima de la montaña más alta. Imaginó un viaje sin final hacia la oscuridad absoluta y se sintió presa de un fascinante vértigo. Sus manos se aflojaron y su cuerpo, anhelante, se fue inclinando hasta que ya no pudo sostenerse.

Fernando Marco Sassone
AKA PQR
www.blog.singularidad.org