Lo último que siempre queda es la familia.
Marlon Brando


Llegó a su casa y, como cada día, con fuerte voz saludó a su esposa y comenzó a contarle las novedades del día.
El tren estaba cada día peor, impuntual, repleto de pasajeros y cada vez más deteriorado. Ya en el centro había visto un choque y presenciado como los dos conductores se habían trenzado a las piñas. El calor no había sido tan agobiante como el del día anterior. En el trabajo lo habían felicitado por la auditoría que estaba haciendo. A media mañana, José lo había llamado para tomar un café a la salida del trabajo y proponerles algo importante. El día laboral continuó sin sobresaltos y una vez concluído había ido al encuentro de José, quien le había propuesto hacer un viaje a Bariloche como en los viejos tiempos, los cuatro en un solo auto. Le respondió que lo considerarían.
Cada día desde hacía casi diez años, él llegaba del trabajo y contaba su día.
Sara casi nunca le respondía, señal de que estaba bebiendo en la cocina, o durmiendo por la resaca, pero nada impedía que él terminara su ritual de llegada. Prefería fantasear con que era escuchado, y con que todo estaba bien, evitando entrar a la cocina o al dormitorio.
Esta vez ella tampoco le respondió, pero por una razón distinta a la normal: La noche anterior él la había asesinado.
Se sentó en el sillón del living y prendió un cigarrillo que apenas pitaría. El silencio era el mismo de siempre, pero la atmósfera estaba cargada de tensión.
Fijó la mirada, ausente, en una esquina del marco dorado de una reproducción de Murillo. ¿Por qué un cuadro que retrataba a unos niños mendigos tenía un marco dorado y voluptuoso?
Estuvo un rato con la mente en blanco hasta que se obligó a pensar pragmáticamente: Sara ya no estaba y "lo que no tiene remedio, remediado está". En muchos aspectos su esposa había muerto diez años atrás, el mismo día que murió su hijito de ocho años. ¿Cómo culparla? El mismo se había transformado en un ser insensible, con un corazón seco y oprimido.
Su vida había estado signada por la muerte. En su adolescencia su padre, luego su hijo, ahora su mujer.
Pensó que la muerte llamaba a la muerte y añoró sus años de juventud e ilusiones, de sueños, de ese fresco amor incondicional que se tiene cuando se cree que la vida es un pozo inagotable. Recordó a Sara, preciosa, dulce, encantadora. Su pelo cobrizo y lacio, sus ojos amables, su cutiz suave, su natura gentileza. Siempre se supo afortunado por tenerla a su lado.
Habían tenido buenos momentos: el noviazgo, el casamiento, la luna de miel, el viaje por Europa, las salidas de los viernes, los miércoles de cine y las charlas en el café para comentar la película. Sara era alegre, vivaz, locuaz, muy inteligente, siempre llena de entusiasmo. Cómo podría haber imaginado que todo terminaría así: Su esposa e hijo muertos, y él, un asesino.
¿Cómo lo juzgarían los hermanos de Sara, sus suegros, sus sobrinos, su propia madre y hermanos?
Reocordó el verso central de aquel famoso poema de Poe: "Hasta nuestro último empeño es sólo un sueño dentro de un sueno". Creyó que toda su vida había sido una ilusión de la que ahora despertaba.
No recordó qué filósofo o escritor había dicho que el pasado y el futuro no existían, tan solo el presente... ¿Habría sido Camus?
La tarde anterior, al llegar del trabajo y mientras le contaba su día, Sara lo había llamado desde el dormitorio.
La encontró sentada al costado de la cama, estaba sobria. Se arrodilló frente a ella y tomó su cara entre sus manos.
“¿Qué pasa mi amor?”, le preguntó. "No puedo más", le había respondido ella. "Beber no sirve para olvidar, tan solo para no llorar. No puedo más, mi amor. Yo no soy tan fuerte como vos. Vivir me duele". Entonces se abrazaron y lloraron juntos.
Ella tomó su cara entre sus manos y lo besó dulcemente, como cuando estaban de novios. De abajo de la almohada sacó un revolver, se lo dio y le dijo "Ayudame a irme, mi amor. Perdoname por dejarte. No puedo más". El, la abrazó y lloró como un niño, con angustia, con rabia e impotencia.
A pesar de todo, nunca habían dejado de amarse, aunque ambos sabían que eso ya no alcanzaba.
Sara lo tomó de los hombros y lo miró dulcemente con sus ojos de miel y le sonrió. Fue su despedida. Luego bajó la cabeza y su mirada se tornó ausente. Del cajón de la cómoda sacó el retrato de su eterno hijo de ocho años y acostándose de lado, se quedó mirándolo. “Te amo, mi principito, te amaré siempre”.
Temblando él se levantó y le apoyó el cañón del revolver sobre la sien. Ella continuó mirando el retrato.
Le pareció natural dejarse llevar por el deseo de ella. Apretó el gatillo y se desarmó en llanto.
Hoy ya todo le parecía muy lejano: la felicidad, su esposa, su hijo. Se había despertado del sueño de la vida y se encontraba solo, totalmente solo.
Sentado en el sillón del living, reflexivo, consideraba sus alternativas.
Entre sus profundos pensamientos se mezclaban otros insignificantes: opinó que algunas paredes de la casa necesitaban pintura y se preguntó si las argollas de madera de las cortinas rayarían o no la pintura del barral por donde corrían. Supuso que eso dependería de cuánto hubiera penetrado la pintura en la madera del barral, de cuán diluída estaba la pintura o de la calidad de la miama, pero que tarde o temprano, el continuo roce terminaría por desvastar la madera. Pero... ¿cuántos movimientos se necesitarían para lograrlo?
Mientras tanto, sus alternativas se le aparecieron claramente: llamar a la policía o seguir a su esposa.

Cumplió seis años en prisión y salió en libertad condicional. En la cárcel había logrado aclarar su mente y pacificar su corazón.
Siempre fue consciente de que no tenía derecho a disponer de la vida de su esposa, y creyó justo pagar su deuda con la ley.
Al llegar a su casa la encontró limpia y ordenada. Su hermana menor habría tenido que ver con eso. Se sirvió un vaso de agua, se sentó en el sillón del living y prendió un cigarrillo.
Los mejores recuerdos de su vida acudieron a su mente: De novio, arreglando con Sara la casa que habrían de habitar al casarse, reparando los revoques, cambiando los pisos, pintandola, amueblándola. Recordó a Sara, las apasionadas noches juntos, su alegría, su sonrisa, sus ojos de miel y sus caricias. Las cenas con amigos y las reuniones familiares. Recordó el día más feliz de su vida, cuando nació su hijo en su propia casa. Lo recordó a él, de bebé, llorando en sus brazos y a Sara inquieta pidiéndoselo para calmarlo. Lo recordó gateando, dando sus primeros pasos y correteando por toda la casa. Recordó la sonrisa llena de vida y de ingenuidad con la que lo recibía al llegar del trabajo, sonrisa por la que habría afrontado todos los desafío... y que desde la tragedia, le laceraba el pecho recordar. Recordó las vacaciones, los cumpleaños y cada una de las ocho tortas que año a año Sara cocinaba y decoraba con tanto esmero. Recordó sus primeras palabras, los juegos, los desvelos nocturnos cuando no lograban dormirlo, las tardes en que lo ayudaba con las tareas del colegio... Recordó los besos, los mimos, los abrazos, los juegos de lucha, las prácticas de fútbol en el patio trasero y en la plaza. Recordó su indescriptible felicidad de aquel día en que se dejó ganar al ajedrez...y finalmente, recordó su fatídico último día, que había sido el principio del fin para Sara y para él.
Fue Borges quien afirmó que cada día somos otro. Desde aquel día él había empezado a ser otro.
No pudo recordar el nombre de aquel filósofo que solo creía en el presente, ¿Schopenhauer tal vez?...
El sabía que no podía vivir de recuerdos y que el futuro no tenía ya nada que ofrecerle.
Sacó un frasco de píldoras de su bolsillo y ayudándose con el vaso de agua, las fue tragando una tras otra hasta terminar el frasco. Se reclinó sobre el respaldo del sillón, y quedó en silencio, mirando las argollas de las cortinas. Un sopor y un ligero malestar lo invadió.
Antes de cerrar los ojos creyó ver a su esposa. Antes de perder el conocimiento creyó oír a su hijo.

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Fernando Marco Sassone
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