Los bigotes de Groucho Marx siempre me habían inquietado, hasta el momento en que descubrí que eran falsos: Estaban pintados. El hallazgo me hizo reir, pero también reflexionar.
Hoy en día, el cine de Hollywood se basa en la verosimilitud y efectismo que pueda lograrse con el artificio realista. La industria invierte millonarios presupuestos para satisfacer ese afán por el realismo que impacta y sorprende al espectador, como si fuera esta la única condición exigida para conceder crédito a una historia. Somos testigos de complejos y elaborados efectos especiales, sorprendentes escenografías y maquetaciones digitales, y formidables explosiones, sin olvidar caracterizaciones que recurren a las más radicales transformaciones físicas de los intérpretes.
Pero ahí está Groucho y sus bigotes pintados, haciéndonos reír y aceptar ese universo en el que todos ven pelos donde hay betún.
Una historia no necesita de efectos especiales para ser creíble, ni para ser gozada.
Groucho y sus bigotes pintados nos recuerdan que en el cine, así como en el teatro y en el arte en general, lo esencial trasciende a la forma.
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Fernando Marco Sassone
17/12/2007
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