En el pasado, los estados y reinos se movían según los intereses de su poder. En algún momento de la historia moderna eso cambió. En el siglo XX las guerras entre países fueron motivadas por los intereses económicos de corporaciones. Eduardo Galeano nos ilustra sobre esto en su libro "Las venas abiertas de América Latina" (1971), con un buen ejemplo, el de la guerra entre Bolivia y Paraguay por el Chaco Boreal, en 1932, una guerra tras la cual estaban las petroleras Standard Oil y Shell. Estas dos empresas se jugaron el territorio petrolero del Chaco boreal en un ajedrez viviente que dejó miles de muertos en ambos países. En 1934 el senador norteamericano Huey Pierce Long denunció a Rockefeller y a su empresa, la Standard Oil, en el Congreso de su país: "¡Aquí está Rockefeller, con un ejército, robando al Paraguay!". Al año siguiente, el senador moría asesinado. Todo esto y mucho más está a disposición de quien quiera informarse.
Hoy en día, las corporaciones han perfeccionado su modelo de acumulación de capital y poder, dictando las reglas del juego del sistema capitalista. El poder que ejercen se superpone, o precede, al de los estados. Se entiende como funciona esto cuando nos damos cuenta que los gobernantes de cada partido político duran en su gestión mucho menos que los presidentes y directorios de las corporaciones. La política y filosofía de las corporaciones puede prolongarse consistentemente durante decenios, mientras que los gobiernos a penas si pueden mantenerse 8 o 10 años si logran ser reelegidos. Es así como los intereses corporativos suelen estar más consolidados que los intereses públicos y estos últimos se van adaptando a los primeros.
En este contexto de poder, los estados tienen un corto y pequeño margen de acción, no demasiado verdaderamente. Todos sabemos lo fácil que es comprar mandatarios, condicionarlos, limitarlos o derrocarlos si fuera necesario. Es así como las corporaciones terminan manejando y manipulando el poder político, y la vida de las naciones.
Esto se pone en evidencia cuando en las crisis económicas, las corporaciones quiebran y son rescatadas por los estados, utilizando el endeudamiento público. Así viene sucediendo desde el "Crack del 29". Es decir, la gente del pueblo termina devolviéndoles toda la plata que perdieron en sus negocios, mientras las corporaciones lucran con el hambre, la guerra y el trabajo explotado a millones. Los miembros de las corporaciones e inversionistas que solicitan el rescate estatal "para salvar al sistema", son en su mayoría millonarios... pero, ¿qué sistema quieren salvar?, ¿un sistema que requiere la existencia de la injusticia para subsistir?, ¿No sería mejor que se terminase de una vez por todas? Mientras tanto, los especuladores en las bolsas de comercio, siguen haciendo negocios con la crisis, comprando títulos que probablemente serán rescatados por el gobierno norteamericano. Con cada señal de gobierno en este sentido, sube la bolsa... ¡Cuánto descaro!
Esta crisis es una oportunidad para derrumbar tanta injusticia. El mundo no puede continuar con unos pocos acumulando billones mientras la mayoría sufre tantas necesidades. Esta es una oportunidad para establecer nuevas raglas, no para reciclar al capitalismo. La mayor de las mentiras sociales es hacernos creer que no haya vida fuera del capitalismo.