En realidad el dolor es una revelación.
Oscar Wilde, De Profundis.
He sufrido la transformación más radical. De ser un hombre lleno de alegría, humor, entusiasmo y optimismo, quedé sumido en una total oscuridad desde que mi hija murió en un accidente de tránsito. Ella tenía tan solo quince años. Fue una flor que no alcanzó a abrirse.
Pasaron ya veinte años desde que mi princesita, mi capullo de rosa, me dejó y quedé sumido en la más espantosa nostalgia y melancolía. Siempre oscuro y callado, apocado, consumiéndome por dentro, muriendo un poco cada día.
Cada noche, incomprensiblemente, lloro en silencio, y cada mañana despierto con la única meta de soportar el dolor tan solo por ese día. No pienso en el futuro, no pienso en el día siguiente, ni en la próxima semana. No tengo planes, proyectos, aspiraciones ni metas fuera de soportar el dolor.
Mi esposa sabe que no puedo hacer otra cosa, y me respeta en silencio. Sé que ella vive en su propio infierno, del cual formo parte.
Deseo con toda mi alma que pase el dolor. Deseo ser otro, ser feliz y dar amor, pero estoy vacío y sin fuerza.
He llegado a comprender y aceptar que viviré dolido el resto de mi vida. Se que de este infierno solo me librará la muerte.
El dolor me ha quitado muchas cosas. Ha sepultado mi carrera profesional, ha apagado el amor por mi esposa, me ha hecho indiferente al amor de mi hijo (solo Dios sabe cuánto lo compadezco) y me ha hecho insensible al cariño de mis amigos. En mi indolencia hacia mi prójimo no hay desdén, ni odio, ni resentimiento, tan solo una profunda imposibilidad de dar y recibir amor.
Como cada hombre sufriente, me he preguntado por el sentido del dolor. He leído a autores y libros sobre filosofía, religión, historia, autoayuda, judaísmo, budismo, new age, y he leído la Biblia. No he encontrado respuestas definitivas, pero he comprendido que en un mundo injusto e imperfecto, el dolor es inevitable. San Pablo reconoce que en este mundo no dejaremos de tener aflicciones. Nietzsche afirma que quien sufre está en una situación de ventaja con respecto al que no y considera que el dolor es necesario y deseable. Pero cierta declaración de Oscar Wilde en "De Profundis" me abrió los ojos: "Los sacerdotes y demás personas que emplean sin discernimiento frases sin sentido, hablan a veces del dolor como un misterio. En realidad el dolor es una revelación, pues por él uno conoce aquello en que nunca se había pensado, y se considera la historia bajo un muy distinto punto de vista."
He podido comprobar que el dolor nos conecta con una realidad escondida para el mundo del consumo y la trivialidad. El dolor es, efectivamente, una puerta a una más completa y real percepción del mundo, el dolor es una revelación existencial. Gracias al dolor, siento la inmensa tragedia de ser parte de un mundo injusto que no me es indiferente.
La sociedad, o más bien, el sistema, no necesita personas que sufran, sino capaces de ser felices, porque para producir y consumir es necesario ser feliz, creerse feliz, o creerse que alguna vez uno llegará a serlo.
Inservible para la sociedad, yo continuo con mi oscura vida, día a día, soportando, leyendo, reflexionando, haciendo preguntas, buscando respuestas, llorando en silencio y elaborando conclusiones. Soy un hombre consciente, sensitivo, de amplia percepción y de ojos y mente abierta. Veo al mundo como acaso nadie lo vea. Creo haber obtenido la mirada de Dios, o de un dios. Soy, sin duda, un elegido.
Nada, nadie, ni ninguna de estas revelaciones me devolverán a mi hija.
A Eduardo Hernández, con afecto.
---
Fernando M. Sassone