SEDALINA DE LA BITÁCORA
El ocaso amanecía,
cuando mis manos recorrían
la sedalina de tu espalda,
y se mojaba,
con tu goce infinito,
el nido oscuro de las entrañas.
Las púas de tu barba irisada,
penetraban como arado
en el cultivo de levadura,
que rezagada crecía en los senos,
en la bitácora.
Y yacía en las compuertas
reverénciales, el terso cutis
de la dulzura de tu espada.

Autora: Nelsa Henríquez. Registrado.