| January 2009 | ||||||||
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Desde hace décadas el mercado inmobiliario está inmerso en una espiral de insostenible inflación izada por la tradicional avaricia de los coleccionistas de ladrillo y afán intemporal del típico “pelotazo español”. Los rasgos de mentalidad añeja colmada de ideas arcaicas que poco o nada tienen que ver con la más feroz actualidad de la calle, empujan a grandes y pequeños seguir apostando en el peligroso juego de especulación de suma mayor que cero. A pesar de los empeños y esfuerzos de los gobiernos para paliar la naturaleza cíclica de las economías, es imposible permanecer continuamente en fases alcistas del mercado ya que el fuerte crecimiento económico, estado de tenaz seguridad y confianza en el mercado irremediablemente tienden a decaer para corregir injusticias, desequilibrios u otros errores cometidos durante el periodo de bonanza. Empero teorías de Louis Bachelier que desvinculan el crecimiento de precios de las fluctuaciones económicas, los patrones de comportamiento ascendentes de los precios por metro cuadrado, a pesar de su destacables previsibilidad histórica están condenados a un reajuste ya que sobrepasan con creces el valor real del suelo. En tiempos pasados cuando cada país, fiel al modelo de Westfalia, mantenía niveles íntegros de soberanía nacional económica y política, el impacto del estallido de la burbuja quizá tendría consecuencias no menos graves para el conjunto de la sociedad, pero éstas trascenderían nada o poco a los terceros. Antes de 1986, la fecha de incorporación de España a la Unión Europea, a principios del siglo XX, McLuhan sostenía que los medios de comunicación creaban la “aldea global” concepto precursor de la inevitable globalización. Este fenómeno natural de evolución de la sociedad a raíz del comercio, abaratamiento de medios de transporte, avances sin parangón en la materia de comunicaciones nos enfrentan con una realidad que poco tiene en común con el aislamiento clásico de los estados o las transitorias relaciones inter-estado (Wallerstein, 1988). Cada una de las propiedades emergentes del todo el sistema complejo (Bertalanffy, 1945) de nuestro sistema económico, menos autónomo que nunca, establece relaciones de interdependencia entre sí ya no solo a distintos niveles territoriales sino globalmente haciendo que los postulados de la teoría del caos se vuelvan mucho más comprensibles. Ahora no controlamos directamente todos los elementos del ciclo de reinversión del capital de trabajo como se hacía tradicionalmente, dependemos de proveedores, servicios de terceros y subcontrataciones a nivel global en función de las variables de oferta y demanda. Las cadenas de mercancías y producción están repartidas por todo el mundo y en caso de producirse un fallo masivo en estas dependencias el impacto traspasa todas las fronteras. La reciente crisis mundial, contrariamente a la opinión de la mayoría de políticos no sólo es la culpa de EEUU. Es más todo el ciclo, iniciado por los ávidos agentes hipotecarios deseosos de encasquetar al americano medio una hipoteca subprime para cobrar sus variables, continua con los banqueros que se saltaron las limitaciones de los acuerdos de Basilea, mediante la titularización de deuda con garantía hipotecaria que acabaría miles de kilómetros en carteras de inversores ajenos a la estructura de valores sintéticos que adquirían. Asimismo, el frenazo de los precios del suelo, coyuntura económica u otras razones causaron un número elevado de defaults que de la misma forma que caen las fichas de domino se propagaron por todo el sistema financiero mundial. Referencias
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