El “hombre medio razonable” de Devlin, como elemento integrante de las sociedades, supuestamente posee un conjunto de reglas morales inicialmente estandarizables, comunes al concepto antropológico del grupo al que pertenece. Su moral, hábitos y cultura en general se configuran en función de vivencias y experiencias propias, historia compartida en el grupo donde reside, nivel formativo, influencia de medios de comunicación u otros factores primordiales de su evolución. Todo ello deriva en que cada individuo desarrolla una opinión propia no necesariamente coincidente a la de sus congéneres, difiriendo en lo que puede ser o no ser moralmente aceptable. De esta forma no puede existir una respuesta universal a la pregunta formulada si no se busca una opinión personal. A mi juicio, adhiriéndome a las ideas de Stuart Mill, la libertad de un individuo adulto y legalmente capacitado no tiene que ser restringida si su conducta no produce daños a terceros. En otras palabras, la salud u incluso la vida de una persona le pertenecen sólo a él y éste debería tener toda la potestad necesaria para hacerla respetar. Tanto los agentes sociales como el Estado pueden intentar dialogar o persuadirlo, sin embargo la última decisión debe residir en el propio individuo. De esta forma, a través de la politización del debate de eutanasia por ejemplo, una cuestión directamente ligada a la libertad de vivir o morir, se podrían dar una respuesta satisfactoria a este problema, de manera similar a la conseguida en Suiza u otros pocos estados.
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