El poder del estado, su soberanía e independencia respecto a los demás jugadores del ajedrez global, irremediablemente, de forma lenta y progresiva, ha sufrido una transformación. Los mismos movimientos antes legitimados internamente ya no son compatibles con las reglas del juego actuales. Se forjaron alianzas entre estados, se fundaron comunidades internacionales integradas para atajar problemas globales que por sus dimensiones eran imposibles o inviables de encarar. Estas nuevas asociaciones, poco factibles sin un sacrificio de aspectos soberanos de los integrantes, introdujeron cambios en todos los aspectos de la vida cotidiana de los ciudadanos al producirse una recalibración de escalas y redimensionamiento de marcos de influencia. No obstante, las ventajas y beneficios de la globalización también compiten por el protagonismo con sus efectos secundarios, no menos importantes, que a medida que el mundo se convertía en un mercado común, las opiniones de aquellos estados modestos sin capacidad nuclear menguaban con el renacimiento de intereses nacionales y egoístas de grandes jugadores. Aunque en la esfera del poder esta situación no es una novedad sino una constatación de un hecho histórico e invariable, desde el aspecto económico-financiero muchos estados que sufrieron los procesos de vaciamiento acaban tragando la medicina recetada para dolencias ajenas.
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