Parecía que te lo habías quitado de encima, que ya no te molestaba ni quería saber nada más de ti. Por fin, parecía haber entendido tus indirectas, tus directas, tus broncas y desesperación, y, tras años de lucha e insistencia, se había alejado progresivamente, hasta ser un mínimo punto negro en el horizonte.

Pero pasaste por ese lugar y comprobaste con resignación que el pasado nunca se aleja del todo, ni desaparece. Siempre está ahí, como un resorte que se activa bajo determinadas circunstancias, recordándote lo que pasó hace 5, 10, 15 años, más... no importa. A veces, con un poco de habilidad, consigues recordar la época del año o incluso el año, la ropa que vestías, la gente que te acompañaba, sus nombres, o acontecimientos colaterales, y todo lo que vino después.

Pisar las baldosas de ese parque, pasear por esa playa, una olor característica, recuperar el vestuario de hace unos cuantos años... Acciones que activan automáticamente la máquina del tiempo, y un instantáneo viaje al pasado nos hace reír, enfadarnos, llorar...

Una palabra, un gesto, un recuerdo, un olor, una butaca, una baldosa, un banco de piedra, un avión de papel, una taza de café, una mochila, un bloc, unos guantes, una pérgola, una caja vacía, una estrella, una flor, un jersey de lana, chocolate con churros, una imagen, una foto, una canción, una mirada, la luna llena...