Gracias al hambre
Martín Caparrós

21.05.2008

El hambre tiene causas, efectos, víctimas, beneficiarios. Nosotros, argentinos, ahora
vivimos del hambre. En África, las grandes ciudades como Addis se explican por el
hambre. Por hambre migran millones desde los campos hacia esas ciudades: está, antes
que nada, la esperanza de que allí la vida va a ser otra. La mayoría se desengaña pero
igual se queda: el hambre en la ciudad es espantoso y sucio pero siempre puede aparecer
algún recurso, la limosna, la changa, la basura de los ricos o de los no tan pobres. En el
campo, en cambio, el hambre es sólido, macizo: si no hay grano no hay grano, y no se
come. Hambre es una palabra deplorable. Poetas de cuarta, políticos de octava y todo
tipo de plumíferos fáciles la han usado tanto y tan barato que debería estar prohibida.

El problema con esos conceptos viejos y gastados, neutralizados por el uso berreta, es
que de pronto un día algo te hace volver a verlos como si fueran nuevos, y ahí explotan.
Aquí, en Addis, el hambre es algo que salta todo el tiempo, en cualquier calle. Es
intolerable que haya personas –hay, en
la Argentina, demasiadas– que no comen todo lo
que debieran; aquí el hambre es morirse de hambre, pueblos enteros que no comen.

El primer ministro inglés, Gordon Brown, dijo la semana pasada que cada día se mueren
25.000 personas por causa del hambre. Es mucho 25.000 personas: son más de mil por
hora, son 17 por minuto.

Va de nuevo: son, en los diez segundos que usted tarda en leer esta frase, mi estimado,
tres hambrientos menos. En un país como Etiopía, con 75 millones de habitantes, hay 15
millones que están todo el tiempo al borde de la hambruna. A veces caen: entonces
vemos 42 segundos terribles en la tele, chicos raquíticos con panzas como globos,
madres ramitas secas estirando la mano como quien ya no espera, y lo olvidamos: está
lejos, qué relación con nuestras vidas.

Pero el mundo es una máquina hipercompleja e integrada, por más que los argentinos
actuales hayan decidido hacerse tanto más provincianos ciegos que sus padres y
olvidarlo: hacer como si no existiera. O, por lo menos, como si no importara.

En los últimos meses hubo revueltas de hambre en más de veinte países –y en casi todos
viven negros– porque en los últimos años el precio global de los alimentos ha subido al
doble. Hay varias causas: malas cosechas, desajustes climáticos, el uso del maíz para
hacer biocombustible y, sobre todo, el aumento de la demanda china e india. Para mí,
ese aumento implica una molestia; para un africano que vivía con dos dólares por día,
que no vive. Ya había 850 millones de malnutridos: en lo que va de esta crisis se calcula
que hay 100 millones más.

Y nosotros ganamos con esos aumentos. Nos hacemos los boludos, no queremos verlo:
nuestra prosperidad le está costando carísima a millones y millones de personas.
La
Argentina
salió de la crisis gracias al aumento del precio de los granos: por estos
precios, millones se mueren de hambre. O sea: las ganancias tan legítimas por las que
discuten encarnizados los presidentes K y el campo producen sufrimientos espantosos.
No digo que sea a propósito. No, por favor. Nosotros pasábamos por ahí cuando los

chinos decidieron empezar a comer y las leyes del mercado hicieron que los precios
subieran y las leyes del mercado hicieron que millones no pudieran comprar más
comida y se murieran pero a mí por qué me miran, yo hago mi trabajo, yo defiendo lo
mío y trato de venderlo lo más caro posible porque así son las leyes del mercado y yo
justo estaba ahí, qué culpa tengo.

Es cierto, supongamos que sea cierto. Pero es bueno tenerlo presente: cada centavo
gastado en punteros y gobernadores y trembalas y prebendas varias, cada Hilux nueva
reluciente, cada día de joda en Maldonado, cada departamento a estrenar en Rosario
sólo son posibles porque aumenta la demanda de granos, los precios suben, los más
pobres ya no llegan a pagarlos, no comen y se mueren o matan o solamente agonizan lo
más largo que pueden.

La plata de nuestra prosperidad es plata muy sangrienta. Y es probable que siga
llegando: sería bueno, entonces, por lo menos, recordar lo que cuesta y no gastarla al
pedo. Usarla, al menos, para pensar y hacer un país en serio.
Y hacerse cargo de ese costo y buscar el modo de compensarlo un poco. Una
posibilidad: que, en la larga discusión por las retenciones, las partes acepten que la
solución salomónica no consiste en cortar el niño en dos sino en dárselo entero a quien
le corresponde. O sea: que ese seis, ocho, diez por ciento tan peleado se use íntegro para
formar un fondo contra el hambre –en
la Argentina, para empezar y, si queda, en el
resto del mundo– que sería administrado por un organismo autonómo, absolutamente no
gubernamental, con participación de los sectores afectados y un sistema de control
extremo. Es una idea, sólo una idea, y quizá valga la pena discutirla. Pero es, sobre
todo, una forma de hacerse cargo de que si estamos prósperos es a costa del hambre de
millones. Y que no debería resultarnos tan cómodo, tan fácil, tan barato.