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Cuando el dueño de la casa salió a acompañarlo, con objeto de alumbrale mientras bajaba las escaleras, el día asomaba por las sucias ventanas. Ya en la calle, la atmósfera era fría y triste, el cielo melancólico y nublado, el río lóbrego y brumoso, y el panorama igual que un desierto sin vida. El viento de la mañana arrastraba delante de él espirales de polvo, como si allá, muy lejos, se hubiesen alzado las arenas del desierto, y la primera rociada suya hubiese empezado a cubrir la ciudad en su avance.

     Sin fuerzas en su interior, y todo un yermo en derredor suyo, aquel hombre se detuvo cuando atravesaba un espacio abierto, y distinguió a lo lejos, durante un instante, en aquel desierto que se extendía ante él, espejismos de honradas ambiciones, de abnegación y de perseverancia. En la ciudad maravillosa de sus visiones había airosas galerías desde las que lo contemplaban los amores y las gracias; había jardines en los que colgaban, ya a punto de madurar, los frutos de la vida; y manantiales de esperanza brillaban en sus ojos. Pero al momento desapareció todo. Trepó hasta una habitación alta, por un pozo de escalera, se arrojó vestido como estaba en una cama desarreglada y humedeció la almohada con lágrimas inútiles.

     Triste, muy triste, se alzó el sol. Se alzó sobre el más triste de los espectáculos: el de un hombre de grandes cualidades y buenos sentimientos, incapaz de ejercitarlos con rectitud, incapaz de valerse a sí mismo, de edificar su propia felicidad, consciente de la carcoma que llevaba dentro y resignado a que lo fuese devorando.