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No interpretes mal mis palabras ni veas, en lo que es una idea sencilla, la menor intención de mofarse, te lo suplico. Te hablo con el corazón en la mano. A no ser así, preferiría callarme, porque no me gusta perder el tiempo diciendo palabras vanas sobre materias de que los demás entienden tan poco como yo. ¿Qué otra misión puede tener el hombre más que la de llenar todo el camino con sus dolores, y apurar su cáliz hasta las heces? Y puesto que este cáliz fue amargo al mismo Dios del cielo cuando lo acercó a sus labios de hombre, ¿por qué he de fingir yo una fuerza sobrehumana haciendo creer que lo encuentro dulce y agradable? ¿Por qué no he de confesar mi angustia en este momento en que mi ser tiembla y fluctúa entre la vida y la muerte, en que el pasado se proyecta como un relámpago en el sombrío abismo del porvenir, en que todo lo que me rodea se desploma y en que el mundo parece acabarse conmigo? ¿No reconoces la voz de la criatura extenuada, desfallecida, que se hunde sin remedio, y a pesar de su inútil lucha, gritando con amargura: "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?" ¿Y ha de darme vergüenza esta exclamación. y he de temer que llegue el momento en que se escape de mi boca, cuando se escapó de la vida de aquel que, hijo de los cielos, se ha envuelto en ellos como un sudario?

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