Tocaba organizar y hacer algo de limpieza en mi sufrido y espacioso sótano donde hago tributo a ese tipejo llamado Diógenes. Soy de esas personas que les cuesta tirar algunas cosas que en teoría, ya no valen o están rotas pero siempre andan rodando a mi alrededor. Algo en mí se niega a deshacerse de toda esta "basura" y no deja de alimentar su valor sentimental cada vez que tropiezo con alguna de ellas, con otras, voy cediendo a buscar el contenedor más cercano.
Después de re-colocar algunas cosas, apareció ante mi una enorme caja que sabía perfectamente que había en su interior y que también, sabía que hacía muchos años que no la abría. Me quedé unos instantes observándola y decidí arrancar los precintos adhesivos y acceder al contenido: Cassettes. Montones de cintas de cassette. No pude evitar sentarme en el suelo y disfrutar manoseando algunos montones que puse a mi alrededor. Cada etiqueta y cada cassette era como un paseo por el tiempo.
Joder!...aún recuerdo la ardua tarea que era y en mi, casi obsesión, conseguir que alguien me grabase en esas cintas el último disco de Dire Straits, de los Rolling, The Who, Pink Floyd, AC/DC, The Cure...la lista y mis gustos eran interminables y cuando lo conseguías, recuerdo el ritual de, junto a tu walkman, buscar un lugar tranquilo donde ponerte los auriculares y asegurarte que nada ni nadie perturbaría ese momento mágico de disfrutar tema a tema ese álbum. En aquellos tiempos, la música tenía el valor añadido de tener que "sufrir" para conseguirla. Los vinilos era algo de mayores y de tener pasta y sobre todo, dependías de la radio, prensa especializada y la única tienda de discos de tu pequeña ciudad para estar algo al día de lo que se movía por ahí. Está claro, soy un cuarentón nostálgico pero reconozco que esa persecución tras la música me "formó" en gran parte en lo que hoy soy. Nada me ha dado mas cobijo o inspiración que estos malditos sonidos.
Empecé a trabajar muy joven y por "defecto musical" decidí adorar al Dios Rock and Roll y sin darme cuenta, acabé a bordo de unas botas camperas negras de punta interminable, calentado por gruesas capas de cuero negro y como único medio de transporte una ruidosa y potente moto. Cayese lo que cayese, durante todo el año, no paraba de moverme a cualquier ciudad de la península para asistir a ese deseado concierto y pasar un fin de semana divertido. Casi siempre, a pesar de vivir a mas de doscientos kilómetros de Madrid, en aquella época de mi vida, esta ciudad, con servicio militar incluido, fue como mi segundo hogar y también allí, habitaban mis salvajes y fieles amigos, aquella rubia, aquel bar. Adoro Madrid. Toda la música del mundo estaba allí. Empiezan los noventa.
Era genial pasear en moto callejeando por la ciudad buscando otro antro donde poder escuchar buen rock, y tomar a sorbitos otro bourbon. Así pasamos unos años, fieles a nuestros garitos oscuros y llenos de humo donde las noches siempre empezaban casi al amanecer. Un día, uno de mis amigos nos cuenta que ha descubierto un nuevo bar donde aparte de tías para morirse, la música y el ambiente eran dignos de ir. Ok, este sábado hacemos una incursión a ver que tal.
Había algunas motos aparcadas en la puerta y la fachada era negra, dos gorilas en la entrada y no hay rótulo...¿como coño se llama este bar?...lo pone en la puerta y en pequeño: "Grunge Kitchen". Buen rollo con los gigantes de la puerta y vamos para adentro. Justo al pasar, mis miles de neuronas dedicadas exclusivamente a la música empezaron a revolucionarse y a darse de ostias entre si. Que musicón!. Me pasé toda la noche bailando y "torturando" al Dj para que me dijera como se llamaba lo que estaba sonando en ese momento..."habla o te juro que te traigo otro chupito!!". Rage against the machine, Beastie boys, Red hot chili peppers, limp bizkit, Nirvana... Todos aterrizando en Madrid y sobre mi inseparable "bloc de chorradas" que echaba humo, y que también, el lunes se presentaba como un gran día de compras por las más especializadas tiendas de discos de la ciudad.
Sin darnos cuenta, estábamos siendo testigos del comienzo de la época más gloriosa y creativa de la música. De repente, todo se llenó de nuevos sonidos, los Dj´s eran estrellas y los festivales y conciertos se convirtieron en los grandes templos donde sentir a tus dioses. Todo esto aderezado con una imparable red de información donde de repente, tenías todo lo que siempre habías deseado saber y conocer ante ti. Me siento un privilegiado de haber vivido en medio de esta tremenda explosión. Cambié mis botas por unas deportivas para salir.
Empezamos a cambiar nuestro hábitos y ya, los bares que cerrábamos, eran aquellos donde terminábamos bailando y aplaudiendo a la genial sesión de temazos que nos acababa de clavar en los tímpanos un conocido Dj. El fenómeno "Clubber", "After" y la aparición de festivales por toda España nos convirtió en verdaderos depredadores de estilos. De saltar como posesos en un concierto de rock salvaje, pasábamos a perder la noción del tiempo bailando en ese club para acabar en el chill-out mas reparador. Todo, musicalmente, era nuevo y crecía a una velocidad inabarcable llena de nuevos estilos y fusiones. Toda una bendición para un adictivo melómano como yo. No puedo imaginar la vida y mucho menos mi vida, sin música.

"Música es el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos".