.... En el segundo de los tres meses sagrados seguidos (Dhu al Hiyya) al que los cristianos llaman Noviembre, el jardinero rompió su ayuno mordisqueando la baya multicolor del fruto del árbol.
Un túnel formado por las ramas y hojas se abrió hasta el cielo y por este camino cuyo suelo parecía de seda, sentadas en cojines de cordobán, llegaron hasta el suelo Sherezade y Alia.
Y paso la noche y el amor recorrió el camino desde el ocaso hasta la amanecida. Fueron muchas las caricias dedicadas al placer de la mutua entrega y en cada una el jardinero recuperaba el vigor de la sonrisa.
Y llegó el día. El jardinero apoyó su cabeza en el tronco del árbol y se mantuvo quieto, como si del mismo árbol se tratase. Llegaron mirlos y palomas jilgueros, canarios y gorriones y le llamaron por un nombre creyendo también ellos que del conjunto de ramas nuestro jardinero formaba parte.
Y volvió el crepúsculo y se volvió a abrir en el árbol el túnel .Con la noche llegó la luz de las bienaventuradas mujeres y el calor del reencuentro y los cuerpos se uncieron como enredaderas y mientras brillaron las estrellas no había sino un cuerpo con dos almas y la caricia de la sonrisa de una reina que a su rey espera.
El silencio fue roto y la luna se eclipsó por los pájaros que volaban cantando al amor y a la vida de su rama. La noticia llego a Palacio. La guarda fue a buscar a quien había osado perturbar el silencio del luto por Sherezade.
El jardinero postrado ante el diwan contó su historia, el reencuentro con su amor y la caricia de la reina mientras a su rey espera.
Llegó la tercera noche y el rey acudió a la cita. El amor ocupó hasta el claro de la luna y la alegría del encuentro llegó hasta más allá del anuncio del día.
La corte fue a ver al rey, y el rey, bajo el árbol, sonreía. La princesa vió que su mirada era rosa, seguridad, lago, amor, paz y calma. El rey permaneció bajo el árbol y los pájaros tuvieron oportunidad de elegir canto y reposo entre las dos nuevas ramas.
Rey y Jardinero esperaron la nueva noche y la noche llegó y con ella el silencio. Solo hubo un túnel entre el horizonte y el mundo. La luz de la luna al atravesar las nubes del cielo.
Los dos siguieron quietos. Paso la luna con sus veintiocho días de silencio. El primer día tras la noche sin luna en el cielo, la princesa fue a buscar a su padre. Mi señor estaba quieto y en sus ojos no había ya rosas, seguridad, lago, amor, paz y calma.
Todo volvió a ser como antes de esas tres noches con sus días. Todo no, casi todo porque mi princesa adivinaba en el silencio de la mirada de mi señor la melodía de un recuerdo y la esperanza de un nuevo encuentro.

La oración de recibir el día y ver la gloria de Allah comienza. Me inclino y rezo