El azogue recoge las luces de candiles y antorchas. Lo sé porque mi princesa me acerca la cítara. Tomo su mano y le ruego que lleve con ella, como presente, a mi última compañera. Hoy yo hablaré, pero ella seguirá muda.

Cuentan, comienzo, que el mismo día que en el Palacio del Califa murió su reina, en el humilde hogar de un jardinero falleció su amada. El rey lloraba su pena. Todos lo acompañaban. El luto por la reina hizo que el reino callara. Dicen que ni la más humilde flor se atrevía a abrirse con el rocío de la mañana ¡Tal era la pena!

Al jardinero nadie, salvo el recuerdo de Alia, le acompañaba. Todas las mañanas, mientras trabajaba, lloraba la ausencia de su amada y ¡Oh maravilla!, de la tierra surgió un árbol que, en el espacio de poco más de una luna por el hálito del Omnisciente, llenó lo que apenas una luna antes era el jardín que paseaba la reina y donde Alia,la jardinera, cortaba las flores silvestres con las que adornaba su casa. Nadie en el reino conocía su nombre pero la hija del jardinero sabía que el árbol había nacido en el mismo sitio donde una golondrina había caído muerta del cielo, agotada por el viaje desde el lejano occidente, el mismo día en que el horizonte lloró al recibir a las dueñas de los dos amores que hoy y aquí cuento.
LLega la mañana y el muecin entona la alabanza al Todopoderoso.Ni la más bella historia puede compararse a la llamada que a Allah hace el creyente.Ante su brillo cayo.La próxima noche, tras la Alabanza, continuaré este cuento