| December 2009 | ||||||||
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En una sociedad más abierta, como la renacentista, no podía faltar el tipo de casada que no se contentara con un solo hombre. Eso ocurría en toda la Europa occidental; de ahí el consejo que da Rabelais, en su Gargantúa y Pantagruel; para no ser cornudo, la mejor garantía era no casarse. La ausencia de la nota erótica a la hora de organizarse los matrimonios, la diferencia de edad entre los novios, y el frecuente abuso de autoridad por parte del marido_rey, preparaban el mejor caldo de cultivo para que brotase la casada infiel, aún con todo lo que suponía de ruptura con las rígidas normas sociales.
Habría que subrayar la diferencia de edad, pues el hombre tendía a retrasar su matrimonio hasta gastada la juventud en sus placeres, mientras que la mujer todo lo cifraba en casarse lo antes posible.
Y aqui cuadra bien el lamento de Pleberio ante la muerte de su hija Melibea: la juventud la había gastado en la vida amorosa, para entrar en la vida conyugal a los cuarenta años.
Eran dos etapas bien distintas de la vida:
Y de ahí radicaba la diferencia entre los cónyuges en tantos matrimonios: el marido ya había conocido hasta la saciedad la vida erótica, y a una edad prudente, lejos ya de la pasión amorosa, entraba en el matrimonio; mientras que la mujer, desposándose cuando era una chiquilla de catorce o quince años y por la mano de sus padres, sin conocer siquiera quién sería su novio, se encontraba de pronto con un desconocido que se le metía en la cama para cumplir cuando le placía, sin miramiento alguno con los deseos de su esposa.
La cual, quince o viente años despúes, cuando andaba entre los treinta o los treinta y cinco, se encontraba con un viejo doliente al que atender.
El cuadro de esas situaciones matrimoniales no es inventado. Se ajusta a una frecuente realidad. Ya hemos visto cómo los censos a calle hita dan un porcentaje altisimo de viudas. Pero ahora lo que se trata es de saber que ocurría cuando la esposa treintañera tenia que soportar la carga de un marido viejo y caduco; pues no olvidemos que el hombre en aquella época, cuando franqueaba los sesenta, entraba ya en la senectud.
Cojamos un caso conocido, el de la pareja regia formada por Fernando el Catolico y su segunda esposa, Germana de Foix, una boda que se cierra en 1506, cuando Fernando tiene cincuenta y cinco años y Germana, dieciocho.
Algunos años despúes los achaques se ceban sobre Fernando el Católico. Supera un ataque cardiaco- posiblemente, una hemiplejía- queda muy desfigurado. Un cronista tan fidedigno como Andrés Bernálbez nos deja esta fuerte descrispción.
Pero el Diablo, que todo lo enreda, se la montó con un amigo, que él creía firme y seguro:
En suma, yo tenía un amigo que le hubiera fiado el alma; entraba en mi casa como yo mismo, y fue tan ruin que, no mirando a la gran amistad que había entre los dos, comenzó a poner los ojos en mi mujer, que yo tanto amaba...
¿Tan ciego estaba el Capitán para no darse cuenta de nada?
Algo escamado andaba, sin duda, pero no para creerse lo que se le venía encima.
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