El Ciego

Elías Canetti

El ciego no es ciego de nacimiento, aunque poco le costó llegar a serlo. Tiene una cámara, la lleva a todas partes y se complace en mantener los ojos cerrados. Es como en los sueños, aún no ha visto nada y ya esta fotografiándolo; pues luego, cuando tiene todas las fotos juntas, repartidas por igual en grandes y pequeñas, con epígrafe y número, siempre rectangulares, ordenadas, recortadas, cotejadas y expuestas, luego puede verlas mejor, de todas formas.

El ciego se ahorra el esfuerzo de haber visto algo antes. Reúne lo que habría podido ver, lo amontona y disfruta como si fueran sellos de correo. Por amor de su cámara recorre el ancho mundo; nada es lo suficientemente brillante, lejano o extraño: el lo capta para la cámara. Dice: allí he estado y lo señala, si no pudiera señalarlo, no sabría dónde estuvo; el mundo es rico, caótico y exótico, ¿quién podría recordarlo todo?
 
El ciego no cree en nada que no haya sido fotografiado. Por mas que la gente hable, presuma o rumoree, su lema es: ¡a ver esas fotos! Así sabe uno lo que en realidad ha visto, lo sostiene en la mano, puede poner el dedo encima y hasta abrir con toda calma los ojos en vez de prodigarlos previamente sin ningún sentido. Todo en la vida tiene su momento, excesos, reservemos la vista para las fotos.
 
Al ciego le gusta proyectar sus fotografías ampliadas en la pared y agasajar de ese modo a sus amigos. Dos o tres horas suelen durar esas fiestas: silencio, luces, alusiones, indicaciones, consejos, humor. ¡Qué júbilo cuando pone algunas al revés! ¡Qué entereza cuando advierte que otra ha sido proyectada dos veces! Imposible expresar lo bien que uno se siente si las fotos son grandes y la proyección se prolonga. Por fin se recompensa la imperturbable ceguera de todo un viaje. ¡Abríos, ojos, abríos, ahora si podéis ver, ahí está, si ahí estuvisteis, ahora debéis demostrarlo!
 
El ciego lamenta que otros también puedan demostrarlo, pero el lo demuestra mejor.
 
El Ciego. Elías Canetti. El Testigo de Oído. Cincuenta Caracteres (traducción del alemán de Juan J. del Solar). Anaya & Mario Muchnik. Madrid. 1997 (pp. 681-82)