Empezaré confesando que más de una vez he corrido delante de un toro. Que he disfrutado y temido ese momento de estar en el encierro, a pocos metros de la manada o del animal solitario, pensando que a lo mejor seré más rápido y listo, y a lo mejor no.
Diré también que para mi, hay una gran diferencia entre el encierro, donde uno no va, o no debe ir, más que con un periódico enrollado y las piernas ágiles, y una corrida o el “torneo” del Toro de la Vega. En un encierro no hay motivo para herir al toro, ni siquiera para tocarle. En un encierro se corre, se salta y se mira.
Y si el toro te pilla, pues mira, te lo has buscado.
No entraré a criticar el Toro de la Vega por la crueldad, la tortura ni el abuso, creo que muchos mejores que yo lo han razonado mejor de lo que lo haría. Tampoco entraré a tratar de justificar la tradición, el valor del lancero ni la nobleza del torneo, porque es indefendible, incomprensible y absurdo.
El argumento de quienes defienden este holocausto es siempre ese, el de la tradición, el de el valor del enfrentamiento entre el hombre y el animal.
Y uno, aficionado a los encierros, corre a veces el riesgo de querer creérselo, aunque sepa de tantas barbaridades cometidas en este torneo. La de este año, bueno, a la vista queda.
Una de las fotos muestra una lanza volando, la de algún cobarde que, incapaz de aguantar la cara al toro y al miedo, tira su brutalidad y su vergüenza desde la distancia. A ver si hay suerte, supongo, y mata al animal, alzándose así con el discutible triunfo y el honor de un día.

En la otro foto, igual o más triste, podéis ver en el suelo a un fotógrafo que fue al “torneo” y se encontró con un primer plano no deseado. Quedó herido, sobrevivirá. El punto no está ahí, sino en la parte derecha. El ganador del torneo, el valiente luchador, el intrépido héroe, alancea al toro desde atrás, sin enfrentamiento, y aprovechando la distracción del animal con el fotógrafo herido. Incluso si uno asume la total falta de respeto por el toro, que ya es mucho asumir, el lancero no tiene en cuenta en ningún momento la reacción del animal, que al sentir el dolor de la lanza, como es lógico, actuará llevado por el dolor y la furia. Si el fotógrafo caído estaba ya en una muy comprometida situación, el cobarde ataque la empeora aún más. Ni respeto por el toro, ni por el hombre, ni por las reglas.
En sus declaraciones, dice que fue muy peligroso, que casi le coge. Y el alcalde, que se ha celebrado un torneo muy limpio, con mucho respeto para el toro.
Parece broma cómo la perspectiva cambia la realidad. Porque nunca he visto yo un toro coger a nadie sin poder verle, situado a su espalda como se ve en la foto, ni a nadie que le arroja una lanza desde varios metros.
Creo que respetaría más a esta gente si dijesen, “Lo hacemos porque nos da la gana y punto”. Sería más sincero que el tratar de vendernos esta imagen de valor y noble lucha, que nos avergüenza hasta lo indecible, y más para quienes, valientes, tontos o inconscientes, hemos corrido alguna vez junto a un toro, sin herirle, sin atacarle y sin pensar siquiera en hacerlo.