Soy un tipo bastante aficionado al cine. Creo que el cine es un gran pasatiempo, un buen medio de desasnarse y una manera genial de asomarse a sueños de otros que poder compartir.
Y creo que en el cine hay que estarse callado, al menos relativamente.
Hace algún tiempo fui con un par de colegas a ver El Hobbit, que no entraré a criticar. La cosa es que teníamos detrás a un escandaloso grupo de wasaperos, o como se llame esa gente que está todo el rato con el móvil, hablando con gente que no está allí e ignorando al que sí está, excepto para decirle con quién está hablando. Ya me entendéis, mira, Paco se va al gimnasio, que cabrón Paco, pipiiiiiiipipi, pues María dice que está depilándose, que jodía María, chundachun, mira qué foto de mi sobrina...
Retazos de vidas que no me importan un pimiento, en medio de la proyección de la película.
Me giré, les sugería callarse con una cierta firmeza –ayuda en estos casos el poseer una voz algo convincente y un cierto mirar retorcido- y pude ver la película tranquilo.
Al salir, mis compañeros comentaron que se habían sentido violentos con el tema. Ni te cuento la cara de los wasapines, claro. Pero me chocó que fueran mis compañeros, los que estaban como yo siendo molestados, quienes se sintieran incómodos.

Ayer, uno de ellos se fue al cine a ver Guerra Mundial Z –ya os digo que es colega mío, buen gusto no iba a tener- y se vio obligado a mandar callar a otro grupo de pesados. Decía luego en Twitter que actuar así le resultó violento, pero relajante. Y funcionó.

Pues esa es la cosa. Hay unas reglas de convivencia en un grupo, que son mantener un cierto silencio, respetar al resto del público, conseguir que te respeten. Un objetivo común, con motivaciones individuales, que es ver la película, porque crees que te molará, porque tu novia quería verla y tú la quieres mucho, porque te aburrías en casa o por lo que sea. Una igualdad ante las reglas, con mismos beneficios y obligaciones, derechos y deberes si quieres, porque todos hemos pagado la misma entrada.
Y un grupo, siempre, de wasapios, de ruidosos, de gente que aportando lo mismo, ese dinero de la entrada, quiere hacer de su capa un sayo sin importarle el perjuicio hacia el resto del grupo.
Y estamos educados de tal forma que el que actúa para evitarlo, para recuperar el equilibrio, es al que miran raro todos, el que se siente violento y hace sentir violentos a otros. Estamos educados en el conformismo, en el silencio que soporta, en el lamento callado. Y seguimos pagando la entrada.

Lo que más me entristece es la poca gente que mandará callar a los escandalosos.

Pero, hagan ustedes caso a mi colega. Actuar relaja. Actuar funciona. Sentirse violento, enfrentar a los que no respetan las reglas, a los que se ríen de nosotros, a los que no dan valor al dinero de nuestra entrada, sirve. Lo difícil es la primera vez.