LA DESTRUCCIÓN DE LOS HECHOS

No había nada de preternatural en el aspecto de la finca; ningún olor extraño, ajeno a las hierbas aromáticas que crecían en la propiedad, ninguna sombra amenazante, procedente de ángulos increíbles o pliegues espaciales distintos a lo humano.
El interior de la casa, oscuro y algo frío, no parecía encerrar ninguna amenaza, aunque estaba teñido de la pesada atmósfera que el inspector Barrero había sentido ya en decenas de escenarios de crimen.
Sin embargo, el inspector no dejaba de vigilar a su prisionero que, escoltado por los agentes, avanzaba con aquella extraña calma por el pasillo que conducía al salón.
Sólo se detuvo unos instantes antes de cruzar el umbral, para pedir al agente más cercano un cigarrillo. El policía interrogó a Barrero con la mirada, y éste asintió. La Científica ya había terminado su trabajo en la casa, y no había peligro de que el cigarrillo contaminase las pruebas. Pruebas, por otro lado, que parecían innecesarias ante la evidencia de los hechos.
Barrero había decidido llevar a Carrión a la casa, tratando así de lograr que cambiase su alucinante declaración. Pensaba que el lugar de los hechos, teñidas aún sus paredes con las salpicaduras de sangre, haría reaccionar al asesino, perder tal vez esa extraña serenidad felina, y lograr así, en un nuevo interrogatorio, que confesase su horrible crimen.
El grupo entró en el salón, iluminado por un par de focos y por la escasa luz lunar que entraba por la amplia cristalera que daba al patio donde se situaba el huerto.
El olor almizclado de las plantas se mezclaba con el metálico aroma de la sangre reciente, provocando una especie de picor en el paladar de Barrero. Sin embargo, el inspector no notó en ningún momento ese hedor del que su prisionero tanto había hablado en la declaración.
El salón era una estancia amplia, que en otro momento habría resultado agradable y acogedora, provista de una gran pantalla de televisión que ahora colgaba torcida de la pared, con una esquina apoyada en el suelo, mientras que la gran mesa y las ocho sillas estaban rotas, astilladas y sus restos, esparcidos por la estancia. Las paredes estaban casi por completo cubiertas de estanterías de obra. Muchos de los libros estaban en el suelo, e incluso algunas partes de las estanterías habían sido rotas por alguna fuerza descomunal, como si un concienzudo albañil hubiese atacado con su amarra las paredes, tratando de derribarlas.
Cerca de las puertas cristaleras que daban al patio había un sofá, también volcado, con la tapicería cubierta de arañazos y gelatina azul, y los cojines estaban anárquicamente distribuidos por la estancia, mezclándose con los libros que parecían cubrir todo.
Un vistazo rápido a estos libros permitió a Barrero hacerse una idea de los extraños y variados gustos e intereses del prisionero. Junto a varias obras básicas sobre botánica y física, tratados de Hawking, libros de divulgación de Landau y Lifshitz, obras científicas que parecían abarcar, siquiera superficialmente, todas las ramas de la matemática y la química, se mezclaban volúmenes de aspecto más antiguo y títulos que nada significaban para el policía. De Vermiis Mysteriis, el Unaussprechlichen Kulten o De Oculta Civitatis, encabezamientos que nada decían a su mente civilizada, pero que hicieron que un escalofrío supersticioso recorriese su espalda.
Una patina de brillante gelatina azul, fina y de aspecto gomoso, cubría partes de la habitación en un diseño errático y sin sentido, mezclándose con la sangre que salpicaba paredes, techo y suelo.
El prisionero se acercó a uno de los montones de libros, con el cigarrillo prendido entre los labios y las manos, esposadas por delante, tomaron reverentemente el volumen De Oculta Civitatis, mientras él se arrodillaba. Su rostro estaba crispado en una mueca de furiosa determinación, que el inspector interpretó como un signo de que Carrión se enfrentaba, por fin, a la verdad. Quizá su estratagema tendría éxito, pensó el policía, y conseguiría ahora una confesión racional y sincera. Con un gesto, ordenó a los agentes mantenerse a distancia de Carrión, para que la catarsis obrase todo su efecto.
En ese momento, una oleada de terrible hedor llenó las fosas nasales del inspector Barrero, con una fuerza atávica y repentina que hizo que sus ojos se llenasen de lágrimas y su respiración se entrecortase.
El olor llegó a provocarle arcadas, una emanación pestilente y ácida, irritante, que le recordó la hediondez de una fosa de cadáveres cubiertos de cal viva, y Barrero tuvo que apoyarse en la pared para que sus rodillas no se doblasen.
Tardó unos segundos en recuperarse, y su mirada se fijó en la esquina más lejana de la habitación, atraída por un movimiento apenas sugerido entre las sombras equívocas que producían los focos.
Entornó los ojos, tratando de ver mejor, mientras el hedor crecía en intensidad, pareciendo llenar el mundo entero. En aquella zona de la habitación las sombras parecieron solidificarse, adquirir textura y volumen. Las sombras surgían del suelo, en el punto exacto donde el suelo formaba ángulo con dos de las paredes, el más lejano también a la inscripción parcial que el profesor Largo había hecho en el muro con su sangre.
Aquella oscuridad latente adquirió volumen, pareciendo gotear hacia arriba en hilos oscuros, recorrido por finas vetas azules, del mismo tono y brillo que la gelatina que manchaba la habitación.
Lentamente pareció crecer, extendiéndose como una nube, como un chorro de tinta derramado sobre agua clara, tiñendo el aire con una vibración insondablemente lejana, ajena, que se convirtió en un sonido ronco y gutural, como el aullido solitario de gargantas rotas.
Barrero sacó su pistola de la funda, imitado por los agentes, y todos ellos apuntaron hacia la esquina, viendo cómo de la extraña nube oscura surgían toscas extremidades, descarnadas y gomosas, como patas de alguna jauría desordenada y extraña. Barrero supo, aunque no entendía de dónde surgía aquél conocimiento cierto, que si llegaban a ver completamente a los seres de los ángulos, él y sus hombres enloquecerían sin remedio.
Algo membranoso, similar a una boca gigantesca, surgió de la nube como si atravesase un obstáculo sólido pero elástico, como un rostro que tratase de cruzar una tela mojada. Una estructura tubular, tal vez una lengua, rompió el delgado velo y penetró en la habitación, salpicando de gelatina azul el suelo y las paredes. Los perros estaban a punto de entrar, y ya no había salvación posible.
Y el fuego iluminó la pesadilla.
Barrero giró la cabeza hacia el punto donde había dejado a Carrión, arrodillado entre sus libros, y contempló un horror distinto.
Gerardo Carrión estaba en pie, con las manos aún esposadas y el torso desnudo, mostrando la fórmula incomprensible en su pecho ensangrentado. En las manos sostenía la camisa, que había convertido en una especie de precaria bolsa abotonándola por completo y atando las mangas a la parte inferior. Dentro de la camisa había guardado varios volúmenes, y aunque el policía no podía asegurar cuáles eran, un rápido vistazo al suelo le hizo ver que faltaban, al menos, De Oculta Civitatis y Unaussprechlichen Kulten.
El resto de libros y papeles que había en el suelo ardían ahora, prendidos por el cigarrillo que Carrión había pedido a los policías, probablemente como parte de su loco plan. El fuego se extendía con voracidad, rodeando a Carrión e iluminando en tonos rojizos su cuerpo semidesnudo. El inspector Barrero sintió instintivamente la oposición entre aquella luz furiosa, rojiza y viva, y la oscuridad azulada y brumosa de la esquina opuesta, donde los perros pugnaban por atravesar el espacio entre los tiempos y los ángulos y comenzar su caza.
Los ladridos llenaron la estancia, oponiéndose al rugiente fragor del fuego que acariciaba ya las paredes y saltaba de un libro a otro, rodeando poco a poco la estancia. Barrero miró a los ojos de Carrión, entendió la serena actitud de alerta que en todo momento había mantenido el sospechoso, y comprendió que el plan del prisionero no era otro que el de enfrentarse a aquel horror surgido de más allá del vacío entre las estrellas y, como había dicho, partir en busca del profesor Largo.
Con una orden seca, imponiendo su voz al horrísono clamor de la jauría llamando a la caza, el inspector Barrero ordenó a sus hombres abandonar la estancia, y custodió el umbral de la puerta, con su arma apuntando hacia la negra y creciente nube, hasta que el último de ellos se alejó por el pasillo.
Bajó el arma, mirando por última vez a Carrión. La camisa que contenía sus libros colgaba ahora de su cinto, y las manos, sujetas aún por las esposas, recorrían la herida de su pecho mientras sus labios se movían, formando palabras que el estruendo no permitía oír, entre las que el policía no pudo distinguir ningún sonido reconocible.
El fuego había prendido ya en las vigas del techo, y la oscura nube, la desordenada partida de caza cuyos cuerpos membranosos y descarnados asomaban aún parcialmente, parecía expectante, detenida su actividad por algún extraño sentido de alerta, como una jauría de sabuesos que, tras perseguir a un oso, han logrado acorralarle entre ladridos pero temen enfrentarse a él, incapaces de juzgar su fuerza o el peligro que representa.
Carrión miró al policía, sonriendo, y asintió con la cabeza.
En ese momento, una viga se soltó del techo, y Barrero saltó fuera de la habitación para esquivar las brasas.
Sin mirar atrás, el inspector corrió por el pasillo, uniéndose a sus hombres en el exterior del edificio. Mientras uno de los agentes locales llamaba a los bomberos, Barrero ordenó al resto que rodeasen la propiedad, iluminando la casa con sus linternas, y que disparasen contra cualquier cosa que surgiese de ella.
Nada ni nadie salió de aquel infierno. El hedor de los perros pronto fue camuflado por el olor a maderas quemadas del incendio, o tal vez desapareció con ellos al verse obligados a retroceder por Carrión.
Sin que los bomberos pudieran hacer nada por sofocar el fuego, el edificio cayó sobre sí mismo, hundiéndose en la bodega que había bajo la casa, y antes del amanecer se convirtió en un pozo de brasas humeantes.
Barrero, que no se movió de allí hasta que la última de aquellas brasas se apagó, observó sin sorpresa que el inmenso socavón tenía una forma claramente redondeada.
Dejó trabajar a los operarios que se encargarían del desescombro, a los perros policías que buscarían durante horas el cadáver de Gerardo Carrión, y a los miembros de la Científica que tratarían de esclarecer lo ocurrido.
Volvió a la comisaría, donde bebió un café largo y solo, mientras pensaba qué escribiría en su informe, cuál sería según la versión policial el destino de Gerardo Carrión, cuyo cadáver no apareció jamás entre las ruinas.
No sabía cuál pudo ser ese destino, pero Barrero le deseó la mejor de las suertes, allá donde, y cuando, hubiese llegado.