LA PARÁBOLA DE LOS PERROS, UNO. LA SENSATEZ DE LA EVIDENCIA.

De pie en el centro de la celda, el sospechoso ofrecía un aspecto más peligroso que cuando estaba en libertad. Aquella quietud vigilante, furtiva casi, de animal desconfiado, hacía que los policías que contemplaban su imagen en el monitor de seguridad de la habitación adyacente temieran cualquier acto de violencia por su parte. Sin embargo, el sospechoso llevaba más de dos horas en la misma actitud, sin haber llevado a cabo más movimientos que el natural parpadeo de sus ojos alerta.
Había sido detenido aquella misma noche, sólo un par de horas atrás, y la sangre coagulada aún manchaba su blanca camisa, endureciéndose al coagularse como testimonio de una acusación innegable y mezclándose con una extraña y fungosa sustancia azulada que cubría el pecho de la prenda.
Los policías del pequeño pueblo castellano, superados tal vez por el horror contemplado, no se preocuparon de quitarle aquella camisa y guardarla en una bolsa para pruebas, pensando tal vez que las evidencias de la escena del crimen eran más que suficientes para demostrar la culpabilidad del sospechoso.
Ahora, ya más tranquilos, los agentes se daban cuenta del error cometido, y mientras esperaban la llegada del equipo forense de la capital, discutían sobre la conveniencia de volver al domicilio del sospechoso, a la sazón el lugar del crimen, para recabar todas las pruebas posibles, incluyendo la ropa que Gerardo Carrión, que así se llamaba el detenido, llevaba aún puesta.
El jefe de la dotación local hizo valer su opinión, y decidieron esperar a que la Científica, mucho más rica en medios y experiencia, llegase al pueblo y se hiciera cargo de la investigación. Ellos, según dijo, ya habían hecho bastante con detener a aquel loco peligroso y dejar a uno de sus agentes en la puerta del domicilio, preservando así la integridad de la escena frente a la posible acción de curiosos. Curiosos, por otra parte, poco probables en un pueblo de apenas tres mil habitantes, cuyo recio carácter, arquetipo de lo castellano, les impulsaba siempre a no involucrarse demasiado en los asuntos ajenos, y menos aún cuando tales asuntos incluyen paredes manchadas de sangre y muertes violentas.
Unos minutos después, a punto de dar las cuatro de la mañana, llegó la unidad de la policía científica. La pequeña plaza del pueblo se llenó de luces azules parpadeantes, provenientes de una furgoneta y un coche, de los que descendieron varios agentes que fueron recibidos de inmediato por las fuerzas locales.
El inspector Dámaso Barrero se puso inmediatamente al frente de la operación, y mientras uno de los agentes locales acompañaba a los de la científica hasta el lugar del crimen, él entró en la comisaría con el jefe de la dotación para interrogar al sospechoso. Por lo que le habían dicho por radio, el inspector Barrero pensaba que el caso sería sencillo, sin demasiadas fisuras ni ángulos muertos, y no creyó urgente acudir en persona al escenario.
No le gustó, de entrada, ver que el sospechoso seguía con aquella camisa puesta, ya que la prenda era una prueba importante. Tampoco le gustó su extraña actitud, esa quietud expectante, equidistante a todas las paredes de la celda que le albergaba.
Decidió interrogarle de inmediato, no sin antes ser informado de sus antecedentes conocidos y de lo ocurrido aquella noche por el jefe local.