APARICIÓN, final

Ante las ruinas calcinadas del retablo, tres alumnas del colegio ursulino permanecían arrodilladas, soportando el frío de la noche y el sucio olor a quemado del recinto. Frente a ellas, los restos ennegrecidos de una Piedad barroca, altar equívoco y monstruoso de una fe carnívora, se veían rodeados de santos mutilados por el fuego. Sólo la luz de unas velas trataba de romper la tiniebla reinante.
En el suelo, donde uno esperaría ver quizá un libro antiguo, robado de la sección secreta de la biblioteca abacial, encuadernado tal vez en cuero negro de dudoso origen, hay apoyada una tablet de última generación, conectada a la red WiFi del convento, en cuya pantalla se ve una página dedicada a la invocación de espíritus y la magia blanca cristiana. Que algo así pueda ser real no importa, pues la fe de las tres jóvenes es suficiente como para no dudarlo.
Mientras estudian el texto por enésima vez, una de ellas ha liado un cigarrillo de marihuana, también el enésimo del día, y ahora lo enciende, haciendo que el dulce y picante olor se mezcle con el hedor de la destrucción que les rodea.
Ya están preparadas. Comienzan a leer el hechizo.

Después de lo de la quema del retablo, estaba yo más feliz que un perro con dos colas, haciéndome memoria de nuestras aventuras de juventud en la guerra, aunque echando un poco de menos al Txopelana. El pobre tuvo que irse un tiempo a purgar sus pecados, porque con el incendio había llenado el cupo. Tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe, y el Txopelana había roto ya la paciencia de quienes mandan en el más allá, que no hay obra sin capataces. Tardaría un tanto en volver, y allí me quedé yo, más solo que sereno en Nochebuena.
No era cosa que me preocupara, entretenido como estaba ensayando mis trucos con ectoplasmas y voces lúgubres, hasta que sentí como un calambre en las tripas y una apretura en los intestinos.
Saturio, me dije, a ver si es que hasta muertos tenemos que hacer de vientre. Y dónde.
Malo habría sido, porque no había ni papel ni hoja de sarmiento por las cercanías, pero peor fue lo que en realidad pasó. El tirón siguió cogiendo fuerza, sin que pudiera yo oponerme, hasta que sentí que me daban vuelta como a piel de conejo y, desollada el alma, me llevaban a donde yo no quería ir. Me resistí cuanto pude, que más vale bollo en paz que hogaza en guerra, y estaba yo muy tranquilo hasta entonces, pero aquella fuerza tiraba como buey contento, y al final me vi arrastrado sin remisión, y me encontré con lo que no buscaba.

Las tres jóvenes, con la cabeza inclinada sobre la pantalla, repiten una y otra vez su invocación, de forma confusa en principio, con la voz empastada por la droga y los nervios. Pronto, sin embargo, encuentran el ritmo y su dicción mejora. El timbre de sus voces se fortalece, crece, como imbuido de una nueva fuerza, una fuerza exterior a ellas, que parece provenir de la cargada atmósfera, de la tierra sagrada que las rodea, de las capillas y sepulcros antiguos.
Sobre las cenizas en las que están arrodilladas, una corriente fría empieza a soplar, un aire que no parece provenir de ningún sitio pero que inunda el lugar, y la luz de las velas brilla más ahora, cuando sus voces, fuertes y seguras, pronuncian correctamente las Palabras, los Nombres y las Condiciones del conjuro, tal vez oración y tal vez brujería.
El rostro virginal de la Piedad, antes madre doliente y ahora extraño zombie calcinado, parece brillar desde dentro, iluminando unos ojos que son lo único reconocible tras el sacrificio del fuego. Quizá sea sólo un efecto óptico.
Las tres jóvenes extienden su mano derecha, en un movimiento perfectamente sincronizado, puesto que ya no son tres, sino una esencia en varios cuerpos, y sin que sus voces tiemblen ni duden, cada una de ellas dibuja sobre la ceniza fría la primera letra del nombre de aquél a quien quieren invocar. Es una S.


Llegué por fin donde no quería, y me hice sólido otra vez, aunque tembloroso y cansado, en frente de aquél retablo mal parido y requemado. No estaba solo, que habría sido malo, porque más vale hornazo compartido que mierda para uno solo, pero tampoco la compañía era buena. Frente al retablo, unas varas delante de mí y a mi izquierda, había tres niñas arrodilladas, tres alumnas, si el uniforme no me engañaba, del colegio de las reputas monjas. Y un poco detrás de ellas, al otro lado, la figura inconfundible del padre Sepúlveda, con la cara tan congestionada como imagino estaría la mía, que no hay mejor espejo que el que sufre el mismo mal, y con aspecto despistado, como si se preguntase dónde estaba.
Yo tenía algo más claro lo que pasaba, porque el Txopelana me había contado muchas cosas y yo había aprendido otras tantas, y llevaba más tiempo muerto que el curita.
Aquellas tres brujas aficionadas habían hecho una invocación, y aunque no creo que supieran bien cómo funcionaba, les salió la cosa. Mejor de lo que esperaban, pensé al ver la S dibujada en la ceniza. Quisieron traer a Sepúlveda, y trajeron también a Saturio, para mi desgracia.

Dos fríos remolinos de viento y ceniza tomaron cuerpo a la espalda de las muchachas, que sintieron cómo sus voces se apagaban, borradas en una reverberación de estática. Un dolor afilado aguijoneó sus jóvenes cuerpos, paralizando voces y miembros, cuando el poder de los Nombres robó parte de su energía para dotar de fuerza a los espíritus, que se materializaron en unos instantes.
Las tres jóvenes miraron alucinadas a los fantasmas ahora corpóreos. Uno de ellos era el que buscaban, el padre Sepúlveda, que había sido su mentor y al que ahora habían querido invocar para que diese respuesta a los extraños fenómenos ocurridos en el colegio y el convento, para que las guardase del mal que parecían albergar aquellos viejos muros y que había provocado el incendio. El otro, un joven soldado, vestido con un uniforme que no reconocieron, pues a fin de cuentas eran estudiantes españolas, y que tenía en sus manos un viejo fusil y en su cintura una larga bayoneta.
Ambos, el sacerdote y el soldado, se miraron durante un instante, y sus ojos se encendieron con la luz del odio.
Las desconcertadas jóvenes sólo habían invocado a un espíritu. Y uno se quedaría. Ellas no lo sabían, pero esas eran las condiciones innegables del Nombre y el Poder.

Malo se le pone el ojo a tu yegua, curita, me dije cuando vi el percal. No pensaba yo que después de muertos, arregláramos el negocio. Pero las brujas aficionadas me habían puesto en bandeja lo que nunca pude más que soñar en vida.
Eché el fusil a la cara, enfilando en la mira al padre Sepúlveda que se me antojaba ya perdiz caída, y le solté un balazo al pecho. Se echó a un lado, como en esas películas modernas donde esquivan balas que corren como yuntas de bueyes, y el proyectil no llegó a tocarle. Rabioso, disparé otras cuatro veces, hasta que descargué el fusil, mientas él esquivaba y venía por mi.
No me puse nervioso, porque lobo viejo caza esperando, y yo tenía fácil la baza. Mientras las niñas gritaban y empezaban a oírse carreras en el pasillo, supongo que porque las reputas monjas habían escuchado los disparos, el padre Sepúlveda se llegó a mí y se me echó encima con la intención torcida, que predicaba más paz que la que practicaba, y ya en vida había soltado más de un tortazo a los viejos del asilo, yo incluido. Pero yo tenía más experiencia de muerto, mi encarnación era más joven y estaba armado, así que agarré el fusil por el cañón y le solté un garrotazo con la culata, cogiéndole de lleno en la mejilla izquierda. Qué bien sonó a hueso roto, y qué rabia no llevaría que se me partió el rifle por la mitad.
Cayó al suelo como trigo segado por guadaña, la cabeza maltorcida y el cuello tronchado. Aún así, se levantó mientras yo dejaba caer el arma rota y sacaba la bayoneta. A estas alturas, monjas y novicias entraban en el recinto, y todas gritaban y las menos rezaban, y las tres brujitas aficionadas, con el pelo canoso y el rostro envejecido como portazgo pagado por su hechicería, que parecían cuarentonas y no mozas, lloraban más que ninguna.
El padre Sepúlveda me miró, suplicante, y me pidió con voz rota que hablásemos, que hiciéramos un trato.
Ya en ese momento notaba yo una debilidad creciente, porque el hechizo y su fuerza se perdían, y sabía que sólo uno saldría vivo de allí. Bueno, sólo uno saldría muerto, y el otro iría a peor.
Así que, le dije, con curas y gatos no se hacen tratos, y le clavé la bayoneta una y mil veces, y mil veces más se la habría clavado si no hubiera desaparecido entre llamas que le salían por las heridas y le consumían las carnes, y una risa fosca y fría tapaba los llantos de las monjas.
No duró mucho la cosa, porque al poco llegué a sentir de nuevo ese tirón en las tripas y se me llevaron por donde había venido, mientras monjas y niñas, locas de miedo, me miraban desaparecer.
Y aquí termina mi cuento, donde empezó, conmigo muerto y el Txopelana, cumplida su pena, de vuelta y liando picadura. Ahora, por culpa de las niñas estas, tengo que aparecerme en el convento cada noche de luna llena, pero no es tan malo como parece, porque entre Txopelana y yo, y algunos otros amigos que hemos ido conociendo, preparamos diabluras suficientes como para entretener bien las visitas. De Sepúlveda no se ha sabido más, ni ha de saberse.
Al fin y al cabo, los curas son padres del demonio, y nada malo hay en reunir familias.