Hace poco he ido al médico, cosa extraña en mi, que disfruto de una eterna mala salud de hierro. Llevo como cien años con la misma talla de ropa, las mismas arrugas y la misma cara de recién levantado, así que me preocupé un poco al ver ciertos cambios en mi cuerpo y mi metabolismo.
Nada grave, me dijo el doctor, es una cosa muy normal. Lo que te pasa es que te sienta mal la carne roja.
Ah, coño, si sólo es eso, pensé yo.
El caso es que la solución era, simplemente, dejar de comer carne roja. No es tan sencillo, créanme. Hay una cierta presión social –hamburgueserías, kebabs, asadores, cumpleaños, bodas, bautizos, cenas de empresa- que nos obliga a comer carne en más de una ocasión. No puede uno ir a la cena de empresa con los compañeros y esbirros del trabajo y pedir hamburguesa de tofu. Uno necesita imponer cierto respeto.
Claro que comer carne roja representa, dado su precio en el mercado, un gasto difícil de asumir, y el tema económico hay que tenerlo en cuenta. Y mucho.
No sé si tiene sentido perder toda la poca calidad de vida que me queda por comer carne roja.
Está también la cuestión del gusto personal. Siempre he adorado la carne roja, coño, los mejores momentos de mi vida estuvieron adornados de filete poco hecho. Al punto.
Si alguien me hubiera preguntado hace unos años, le habría dicho que quiero vivir a base de carne roja. Pero claro. Las cosas cambian mucho, cuando uno imagina su futuro, a cuando lo vive como presente. O como regalo. Regalo griego en ocasiones, porque vivir el presente es más complicado que imaginarlo.
Existe también una presión social opuesta y de similar fuerza. Veganos, partidarios de la dieta saludable, amigos de los animales y aquella vaquita que me mira con ojos tristes desde powerpoints e instagramas varios.
Y luego están los motivos éticos y religiosos, que en algunos casos vienen a ser todo uno. Si yo fuera hindú, en la vida me habría dado gusto comerme a una vaca. Si yo fuera católico, vetaría la carne en muchos días del año, y si fuera judío o musulmán, determinados productos cárnicos, bien por su origen o bien por su proceso, me resultarían vetados, cuando no repugnantes. Y así con más. Imaginen, sin que yo declare si me lo permiten cuáles son mis creencias, las dudas que estos conceptos me generan, ya que en mi círculo social tengo la suerte de contar con gentes de todas estas religiones, cuya opinión sobre mi problema con la carne roja es dispar.
Así que, al descubrir lo que ocurría en mi cuerpo, me vi inmerso en dudas difíciles de resolver. Abandonar la carne roja, por unos motivos, era tan malo como seguir adelante con ella, por otros.
Incluso me planteo, al escribir y publicar estas letras, que entre quienes me conceden el favor de leerme habrá quien esté a favor de una u otra postura, por sus propios y respetables motivos, y que puedo con mi confesión perder viejas o nuevas amistades.

Todo ello, salud, entorno, creencias, ética personal, economía, me parecen motivos a tener en cuenta a la hora de plantearme mi decisión, una decisión que he de tomar pronto, pues hay un tiempo determinado. Lo que a lo mejor me toca mucho los... bueno, el tesoro de la familia, ya saben ustedes, es que los partidos políticos en el poder y en la oposición se pongan a decirme, por ley, por decreto y por convicción, si he de comer carne roja o no he de comer carne roja. Me subleva que un alto dirigente de una creencia muy aceptada, me diga que comer carne roja es o no pecado, y que un ministro de justicia cambie la ley sobre comer carne roja, a dictado del tal dirigente eclesiástico. Me sube la bilirrubina cuando una politicastra, sí, politicastra, pretende convencerme de que sólo los que no tienen estudios dejan de comer carne roja, o que los asalariados dejan de comer carne roja por la presión social, o que dejar de comer carne roja es pecado, como si un político tuviera que preocuparse de mis creencias. Como si un político no tuviera la obligación y el deber de facilitarme una formación y un salario, que del toro bravo ya me libro yo, Señor.
Me solivianta que un partido, el que sea, sancione a uno de sus miembros porque no vota con el resto sobre una reforma de la ley de consumo de carne roja. Porque no se puede defender la democracia desde la opinión de uno solo. Eso no funciona. Eso es otra cosa.
Me irrita de la misma manera que un político de la otra facción, no de otra, sino de la otra, porque sólo hay dos, me quiera convencer de que no comer carne roja es un derecho fundamental del hombre y que estoy asesinando al buen salvaje de Rousseau si no me como el chuletón. Que me cuente que, si no puedo comer carne roja, estoy retrocediendo a los años setenta. Sí, puede ser, muy posiblemente sea cierto. Pero estoy retrocediendo al siglo diecinueve en otras muchas cosas y no se le mueve un pelo, al politicastro.

Total, que en resumidas cuentas, ya decidiré yo si dejo o no la carne roja. Lo que tengo claro es que dejaré de votar a los politicastros que me vienen con argumentos chorras de una u otra opinión.

Y sí, estoy hablando del aborto.