Leyendo hoy El Mundo, encuentro que el señor Espada ya ha dicho algo de lo que yo quería decir ahora. Dejo el enlace, él escribe mejor que yo.

www.elmundo.es/blogs/elmundo/elmundopordentro/2013/04/23/el-ministro-detiene-a-una-palabra.html

Viene la cosa dada porque, en el día de la palabra, del libro, del texto escrito y por tanto de la libertad de hablar, decir y plasmar lo pensado y lo soñado, me cabrea un poco bastante que alguien, por muy ministro, o ministril, que sea, se dedique a anular palabras.
Escrache es la palabra en cuestión, que nuestro ministro de las Españas quiere, ordena, sea eliminada de atestados, informes y denuncias escritos por las fuerzas de orden y cuerpos de seguridad del estado. No se trata de una defensa del castellano puro -no está, ni se le espera, en eso el ministerio- sino de un problema legal. Si uno es acusado de escrache, el Código Penal no contempla la figura. Al ministerio le preocupa, en suma, que resulte una acusación floja o imposible.
Ya he contado alguna vez que, en mis tiempos de milicia arrojada y valiente, vi y supe de arrestos pírricos, absurdos, esperpénticos. El escalón arrestado por haber tropezado con él un alto mando, que nadie podía pisar. El camión arrestado porque no arrancó cuando se iniciaban las maniobras, y que en lugar ser arreglado por mecánicos, quedó quieto, bajo arresto, hasta que se lo comió el tiempo. Esas cosas.
Ni siquiera en aquel ambiente militar, por definición bastante cuadriculado, se le ocurrió a nadie arrestar una palabra. Eliminarla de la mente, del documento y del lenguaje, porque molesta. Es tarea de cenutrios, del que asó la manteca.
Un ministro del interior debería ser capaz de adaptar las leyes y su lenguaje a la realidad, por difícil que sea, porque adaptar la realidad a su capricho e intenciones es aún más complicado, necesita la tarea un titán, un genio, un Merlín. El ministro no es ninguna de estas cosas.
Es casualidad, lo sé, que en el mismo marco temporal un ministro desintegre palabras y un genio humilde, Caballero Bonald, las defienda en su discuros de aceptación del premio Cervantes. Decía, el escritor, "Si es cierto, como opinaba Aristóteles, que la historia cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder, habrá que aceptar que la poesía puede efectivamente corregir las erratas de la historia y que esa credulidad nos inmuniza contra la decepción".
Si es cierto, creo yo, que la historia y la poesía -lenguaje y conciencia, ambas- son capaces de contar la realidad, quien pretende dejarnos sin herramientas para contarla, para crearla, para vivirla, lo hace porque pretende ser su dueño y porque está fuera de ella. Es grave.