No deja de ser curioso que, a estas alturas del cuento, aún sigamos discutiendo sobre si los gays tienen o no derecho a casarse. La polémica está ahora servida en Francia, ese sitio donde empieza Europa, país que parece dispuesto a aprobar una ley de matrimonios homosexuales en los próximos días.
Digo que no deja de ser curioso porque, creo yo, ya deberíamos habernos dado cuenta, tras la aprobación de leyes similares en ocho países europeos, de que no se ha acabado el mundo, la familia sigue siendo una institución vigente –y más ahora, con la crisis, que comemos los domingos en casa de la madre, los jueves donde la suegra, y nos planteamos sacar al abuelo del asilo para pillar su pensión- y los niños no han salido raritos ni drogadizados porque sus padres compartan cama y maquinilla de afeitar.
Por supuesto, los motivos de quienes rechazan este tipo de convivencia son, casi siempre respetables. Dios, en cualquiera de sus versiones, no lo quiere. Vale, uno puede creer lo que crea. La estabilidad social, la tradición. Vale también. Soy el primer partidario de mantener las tradiciones que me gustan, como fumarme un cigarrito entre plato y plato en el restaurante. Ah, calla, que esa tradición también ha cambiado. Y aquí seguimos.
La cosa en Francia es llamativa porque no son sólo creyentes entusiastas, y con esto quiero decir, católicos cerraos, quienes se oponen a la nueva iniciativa. No. También hay mucho joputa.
En este campo quisiera englobar a los bestias que apalizan gays en la puerta de un bar, o a los animales que entran en un “local de ambiente” y le parten la cara al dueño. Al cenutrio que manda anónimos con pólvora a sus representantes políticos, amenazando con todo tipo de violencia. A la asociación de madres que, desde la defensa del derecho a la homosexualidad, ataca esta ley porque es negativa para sus hijos, que podrían ser adoptados por gays. Nótese que el argumento es para leerlo dos veces y que parezca cuatro veces absurdo. Si usted defiende el derecho a la homosexualidad, defenderá también el derecho a ser rubio, a nacer en Ghana y a tener tres lunares juntos que recuerden la cabeza del ratón Mickey. Más que nada porque uno nace como nace.
Es aún más tonto porque, señoras, si ustedes vigilan y cuidan a sus hijos, cosa loable, malamente serán adoptados por nadie. Digo yo.
Luego están, claro, los grupos radicales de ciertas religiones y los ultraderechistas a los que denominar como neonazis es eufemístico. A estos, mejor ni decirles nada.
Creo yo, sinceramente, que la ley saldrá adelante, más que nada porque esperar una oposición coordinada y razonable por parte de tan dispares grupos es esperar el parto de los montes, y creo también que habrá que lamentar más actos violentos. Definiendo, para quien aún lo dude, acto violento no como un señor con bigote besando a otro, sino como alguien que sufre palizas por otros alguienes que piensan distinto.
En todo caso, y de forma contraria a mi costumbre, daré mi opinión. NO AL MATRIMONIO HOMOSEXUAL (y no al matrimonio en general). Coño, con lo a gusto que se está soltero.