Hace unos meses, el camarero de un bar que frecuento decía que habría que cambiar de color los billetes de quinientos euros. Eran las siete de la mañana de un sábado recién estrenado, y desayunábamos unas cervezas con picoteo de tomates en vinagre, guindillas y torreznos, mientras el telediario 24 horas desgranaba las últimas estupideces del gobierno de la nación.
Le preguntamos qué utilidad tendría eso de cambiar el color de los billetes. Coño, dijo, pues porque así los que los tienen tendrán que ir a cambiarlos al Banco de España -o al banco que corresponda- y se verán obligados a declararlos, antes de que dejen de ser de curso legal.
Sabiduría de camarero. Ni más cojones, fue el comentario general.
Es bien sabido lo infladas que están, gracias a estos billetes, las cuentas de algunos, las bolsas de basura de otros, y las pelotas de la mayoría.
Se abrió una tertulia, entre torrezno y cigarro -aún hay horas en las que se puede fumar en los bares, horas de nadie, horas proscritas que interiorizan la niebla- sobre cuándo y cómo habíamos visto, si era el caso, un billete de estos. Ninguno de los presentes les vio en un cajero automático, en un pago legal, en una transacción declarada. Sí en pagos en negro, contaban albañiles y fontaneros presentes, incluso hay quien rechazó que le pagasen con ellos, por miedo a que fuesen falsos, o por saber que tiendas de barrio, supermercados y gasolineras tienen mucha reticencia a manejar esos papeles. No son muy útiles en la compra diaria.
Sí se habían visto, contaba otro, en controles policiales. Para evitar una multa que habría resultado más onerosa y representaría la pérdida de puntos, narraba, un fatuo al volante de un Mercedes habría dado el billetito de marras a un agente, que anuló la multa en el acto. Yo no digo que sea verdad, lo dijo él.
Los ejemplos siguieron, parecidos todos. Da la impresión de que estos billetes jamás hayan intervenido en un negocio honrado aunque muevan millones -urdangas, les llamábamos aquella mañana fría- y son más moneda de corrupción, extraperlo y soborno que de curso legal. Está claro que su supresión, como propone Rubalcaba, o su cambio de color, como proponía "Ponciano" mientras ponía otra ronda, sería algo que no afectaría a la clase media, ni a la que está un poco por debajo de la media, ni a la que trata de estar al menos a esa altura.
Habría que perfilar bien la cosa. Una cierta amnistia fiscal, discrección absoluta y el agradecimiento de todos para quienes vayan al Banco de España empujando carretillas para cambiar los billetes. Los cojones. Se jodan.
Algo me dice que si se llevase a cabo esta medida, dando un plazo de dos meses por ejemplo, empezaríamos a ver billetes de estos hasta en la sopa. El que los tiene atesorados por montones tendría prisa por quitárselos de encima. Deme usted el periódico de hoy, perdone que le pague con esto pero no tengo suelto. Sería bastante divertido, la verdad, aunque sólo un poco menos que patético.
Asomaría la puntilla de la corrupción y la diferencia, no creamos tampoco que iba a resolverse la cosa. El que tiene muchos billetes de quinientos se limiraría a tener cinco veces más de cien. Pero el proceso, ah, el proceso. Cómo quemarían esos billetes, y cómo se incentivaría, durante unos días, el consumo, porque algo habría que comprar para soltar el billete sin perder mucho. Los últimos días, quizá veríamos a algunos dando billetes de quinientos a mendicantes refugiados bajo cartones. Qué sé yo.

No sé si vosotros, queridos barra as visitantes, habréis manejado estos billetes, o estaréis de acuerdo con lo que dice Rubalcaba. Yo, la verdad, no puedo dejar de admirar la sabiduría de ese camarero.