Pues sí, ya es otra vez el Día de la República. 82 añítos desde que las Españas se pusieron de acuerdo, algo es algo, en que los reyes sólo son buenos para el mus.
Tal y cómo están las cosas, tampoco es raro que este día deje de ser motivo de reunión para perroflautas, porreros y radicales de izquierdas trasnochadas, como quisieran y quieren los radicales de derechas trasnochadas.
El debate está abierto. Muchos no quieren estar bajo el peso de la Corinna, o de la Corona, ni consienten ya la opacidad de la institución monárquica. Personalmente, soy de la opinión de que nuestro actual rey debería retirarse con la poca elegancia que aún le pueda quedar, y que lo que tenía que hacer, ya lo ha hecho. Pero, como dice hoy un columnista, no conviene cambiar de caballo mientras se cruza el río.
Quiero decir, que no parece el momento adecuado para un cambio total de leyes, de estatutos legales y de método de gobierno. El debate sería demasiado amplio, eterno. Poderes de la jefatura del estado, organización autonómica, centralización, financiación, bandera... qué sé yo.
La cosa es que caeríamos, ya pasó con la Segunda República, en un gobierno provisional que tendría demasiados enemigos dentro, que se vería obligado a morder más de lo que nadie puede mascar.
Demasiados flecos, demasiados grupos, demasiados parámetros. Entonces, ¿la solución es seguir igual?
Está claro que no. Que el caballo con el que cruzamos el río tiene miedo del agua, y que nos meterá en la ciénaga antes que llevarnos a la orilla. No es fácil elegir, y nos vemos en una situación insostenible. Sería deseable, aunque sea mucho pedir, un gesto de grandeza por parte de quien, con la Constitución en la mano -ya la reformaremos, si eso-, ostenta la mayor de las responsabilidades.
Sería deseable que el actual rey de las Españas, de todas, todavía, saliese a la palestra, dejase de refugiarse en una convalecencia prolongada, como un currito que está de baja y teme el despido cuando vuelva a la mina, y hablase claro. Que favoreciese una segunda transición. Previa consulta, por qué no, sobre qué desea la mayoría de los españoles. Que este rey llevase, despacito y con buena letra, el timón hacia el reinado de Felipe Sexto o hacia la Tercera República. Sin traumas, que ya vale de traumas. Sin escándalos. Sólo porque es lo que toca.
Se puede entender que un señor mayor, con un hijo de cuarenta y cinco años, no quiera echar a perder la empresa familiar. La cosa está muy mal, y no es plan de dejar el chollito. Pero, si aplaudimos el valor que el monarca ha demostrado en otros momentos críticos, deberíamos exigir que no se acobarde en esta crisis.
Tras lo ocurrido con la familia que, además de real, le ha salido inepta, corrupta y quién sabe qué más, el hecho de que siga con la cabeza metida en un agujero sin querer enterarse de lo que ocurre fuera le lleva, me temo, a convertirse en un cobarde histórico, a dejar que su trayectoria se empañe al final de la carrrera.
En este día de la República, me resulta triste pensar que una tercera república nacería herida de muerte por todos los conflictos que tendría que resolver de entrada, por todas las facciones implicadas, como ocurrió con la segunda. Pero es casi más triste ver, día a día, que quienes más partidarios logran para la República en España son los miembros de la Casa Real.