En tiempos no muy lejanos, era de lo más normal que los habitantes de las Españas recorriesen pinares umbríos y campos de cultivo, márgenes de arroyo y palomares, en busca de hongos frescos, patatas olvidadas, garbanzos sin vigilancia, berros silvestres, y sucedáneos de pollo y conejo que cobrar sin pasar por caja. Eran tiempos en que el hambre resultaba distinta a nuestro concepto actual, ese hambre que se resuelve levantándos a picar algo y que es, para casi todos nosotros, la peor que habíamos conocido.
Estas costumbres -obviando la recolección de huevos de paloma, o la caza de palomas y gatos- se convirtió en tradición dominguera y negocio alternativo, lejos del menudeo y el latrocinio a lo Jean Valjean, cuando llegó la modernidad, Europa, el estado del bienestar. Recordarán ustedes el Estado del Bienestar.
Siendo ahora tiempos diferentes, tiempos de ministros y ministriles, nos vemos haciendo, más o menos, lo mismo. Incluso hemos ampliado el repertorio de la rebusca, incluyendo como objetivos los contenedores más cercanos a ese supermercado en el que ántes entrábamos a comprar. Hay quien ya no puede, y rebusca.
Es triste y vergonzoso, como país, que nuestros ciudadanos tengan que recurrir a eso.
Es patético soportarlo, hacer la vista gorda.
Es para llorar el institucionalizarlo. Es decir, en convertirlo en costumbre de interés público.
El Ministro, o ministril, elijan ustedes, Arias Cañete ha dicho que las fechas de caducidad de los alimentos vienen siendo relativas, que hay que regular un poco ese tema porque se tira comida en demasía y no estamos para ello, y que por comerse un yogur caducado no se ha muerto nadie.
Vale.
No hace mucho, nada en realidad, estas Españas tan europeas obligaron a los fabricantes de alimentos a cuidar, y mucho, eso de la fecha de caducidad, así como las sustancias aportadas para conservar. Lo veo bien, no seré yo quien apoye el uso de nitrato de amonio (muy bueno para los explosivos), de dióxido de titanio (E171, conservante, pigmento blanco y sospechoso de joder el ADN) ni del propilenglicol (conservante, y anticongelante de su coche de usted) en alimentación, y creo preferible recortar la durabilidad del producto a meterme eso en el cuerpo. Ahora bien, me parece muy grave que un señor ministro quiera convencernos de que el producto alimenticio, que lleva muchos menos conservantes que antes, va a estar en perfectas condiciones un mes después de pasada la fecha. Aberrante, considero, que el señor ministro diga que lo peor que puede pasar es que el alimento tenga una pinta fea, pero se pueda comer.
Y el ejemplo del yogur, ignorancia soberbia. El yogur, con sus fermentos lácticos, su alta aw y su delicado Ph, es bastante peligrosillo una vez caducado. No te digo yo que al día siguiente de la fecha, ya que se pone fecha, en esto y en todo, pensando que más vale un por si acaso que un quién lo hubiera dicho. Pero el mes que viene, te lo comes tú, Cañete.
Hay que distinguir entre qué alimentos aguantan y cuáles no. Una bolsa de garbanzos, verbi gratia, aguanta más que un martillo metido en manteca. No hay agua, no hay microorganismos, no hay nada de que preocuparse. Pero un yogur, una pieza de carne...
En fin. Lo que me jode no es la ignorancia de un ministro -eso es pandémico en las Españas- sino que parezca animar a los achuchados y a la industria para que, de alguna manera, se llegue a un acuerdo. Una fecha de consumo para pobres, más longeva que la de los demás. Un permiso para la rebusca en el contenedor. Una legitimación de la pobreza y sus males. No tirar comida, que se la coman esos.
Creo que es una medida populista e insultante, peor que aquellos camiones de comida que Chavez repartía entre los pobres. Al menos, aquella no estaba pasada de fecha.
Ojalá, señor ministro, vayan a cagar a su casa todos los que sufran futuras intoxicaciones alimentarias por su "consejo".