Reconozco que la elección de Su Santidad me ha cogido en la calle -es decir, el espacio urbano desperdiciado entre dos bares- y que he ido poco ágil.
No me ha sorprendido que eligieran a este señor, casi un chaval, quizá no tan vigoroso como se pretendía, con un pulmóncillo de menos y tal. Más que nada, porque da la imagen de austeridad pretendida. Mucho oiréis hablar de su vestuario. Sólo por salir con el solideo en lugar de la mitra, ya se ha ganado puntos de muchos meapilas.
Por otra parte, nos contarán en algunos círculos lo cerca que, presuntamente, estuvo de la dictadura argentina. Incluso su posible cesión de terrenos para campos de detención. La verdad es que es la misma mierda en distinto bote.
Ninguno de los papables estaba libre de cierta polémica, a poco que uno rebuscase en sus biografías. Ninguno me recuerda al Jesucristo ese que la mitología cristiana coloca como fundador de la comparsa actual. Así que este vale como cualquiera, para pasar el rato, llenar noticiarios aburridos y convencer a los creyentes que quieran verse convencidos.
Es de temer, eso sí, que siendo jesuita y diciendo lo que ya dijo hace años sobre los matrimonios gays, el chico nos salga de la parte conservadora más que de la parte conversadora, así que nos dedicaremos pronto a discutir sobre la renovación de la Iglesia como regreso a sus valores primitivos (apuntad la frase, la oiréis en el futuro o me la pelo con un guante de alambre) y olvidaremos las polémicas sobre su financiación, los monaguillos violados y sus actos políticos. Al tiempo.
De mientras, habemus papam.


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