Por quinta vez, aparezco en la oficina de trámites de la ciudad.

La primera vez que me presenté no tenía todos los papeles necesarios y no había sistema, pero al menos pude saber qué me faltaba.

La segunda vez llegué con todo en orden, pero la fila era demasiado larga, y un encargado me dijo: "Yo le recomiendo que vuelva otro día. El sistema está muy lento y hay mucha gente. Muchos de los que ya están formados no van a llegar a la ventanilla antes de que cerremos."

La tercera vez, el mismo encargado me dijo: "Se nos acaba de ir el sistema. Yo le recomiendo que vuelva mañana muy temprano, porque como a las dos horas de abrir, el sistema se vuelve muy lento y ya ve las colas, no nos da para atenderlos a todos."

La cuarta vez sólo aparecí para comprobar que tampoco había sistema.

Hoy fui por quinta vez. Llegué antes de que abrieran, y unos minutos antes pasó el mismo encargado de nuevo: "¿Trae bien todos sus papeles?" "Si -le dije-, es la quinta vez que vengo y nunca ha habido sistema." "¿Cómo cree? Aquí no nos ha fallado en mucho tiempo". Dicho lo cual, salió otro burócrata desde una oficina, y avisó: "No hay sistema. Esperamos que llegue en una media hora..." Una hora después, cuando estaba a punto de abandonar nuevamente, reapareció el sistema.

Después de quince minutos de papeleo, firmas, revisiones y fotocopias adicionales, fui informado que nuevamente tenía que pagar un trámite en el banco y regresar. Les dije: "Oiga, pero cuando regrese ¿habrá sistema?". "Seguro", me dijeron.

En estos momentos sigo temblando.