El análisis de un caso particular es pretexto excelente para elevar la idea a una región superior en donde encontremos la clave de todos los problemas análogos. En la polémica sobre Napoleón he cedido gustoso a Casabianca la ventaja de los últimos cañonazos, y, habiendo sobrevivido a ellos, aprovechare la oportunidad de explicar cómo se arraigan mis juicios en un substratum filosófico. No se asuste el que lea: no seré necesariamente árido y pedante. No entiendo la filosofía al estilo profesoral. Creo que todo ser vivo tiene la suya, y tal vez todo cristal y todo átomo. Para mí no se trata de una ciencia, sino de la trayectoria que sigue el centro de gravedad de nuestro espíritu. Claro, cuanto más nos instruyamos, menos inhábiles seremos para retratar la marcha de nuestro firmamento interior. Cuanto más rico sea nuestro arsenal de expresión, nuestro catálogo de conceptos, imágenes y voces, menos opacos seremos a la mirada ajena. Estudiemos pues y experimentemos, pero no atribuyamos demasiado alcance a lo que traigamos de fuera. Lo de adentro es lo que importa, y eso no se aprende. Que lo haya y que lo descubramos, he aquí lo esencial; lo demás es accesorio. Los gritos más profundos de la vida han salido de hombres ignorantes. ¡Cuántos de esos gritos sublimes resuenan en nosotros aún, sin que podamos saber quién los lanzó! Vivimos de los genios anónimos mucho más que de los oficiales. Así nuestra industria y nuestra civilización toda vienen del fuego, arrebatado a la naturaleza por un desconocido titán prehistórico, mientras que la inmortalidad de ciertos clásicos no es sino la inmortalidad del pergamino. ¡Oh estupideces que el mármol hizo eternas! El aspecto físico de las cosas es el final de una serie, el término de una degradación. Lo real es invisible, y en cada uno de nosotros hay un mundo secreto.

Los místicos han sido los exploradores de ese mundo. Algunos se perdieron en él, otros lograron regresar y compusieron informes y oscuras descripciones de las playas que habían visto. Nuestro lenguaje, fabricado para la acción bajamente utilitaria, empapado de egoísmo y de lógica, es poco apropiado para traducir lo real. Por eso el misticismo se reduce a una experimentación interna, de seguro la única positiva, pero casi siempre inefable. Además, si bien la totalidad de los hombres están en contacto material con lo que les rodea, son muy raros los que estuvieron, siquiera un instante, consigo mismos. Nos ignoramos; el universo nos ha sido inútil. Llenos de tristeza, entregamos a la muerte nuestras almas intactas.

Para el que se asomó a los abismos de su propio ser, y sospechó las mejores posibilidades del destino, nada hay tan absurdo y repugnante como el afán común de acumular en exceso las energías exteriores. Aparece aquí la ruin noción de la propiedad. El avaro se figura que posee su oro; el guerrero, que posee sus soldados; el patrono que posee a sus siervos; el ambicioso, que posee el honor ¿Cómo es factible poseer lo que está a merced del azar? El oro es barro; los soldados y los siervos, fantasmas, y el honor, mentira. Si no nos poseemos, no poseernos nada, y los que no se poseen se mueren por palpar lo que es imposible poseer. Se posee lo que se es, y en cuanto se da. Para absorber lo externo es forzoso, como en una bomba aspirante, hacer el vacío; la sed de riqueza de esclavos y de gloria no es más que el signo del vacío espiritual. ¿Qué contraste con la plenitud interna del justo "Las delicias, la magnificencia, decía Sócrates a Antífón, he ahí lo que se llama felicidad: en cuanto a mí, estimo que si sólo a la Divinidad pertenece el no tener necesidad de nada, el tener necesidad de poco nos acerca a la Divinidad". 

La Divinidad necesita, sin embargo, entregarse, trabajar. Un Dios separado de su creación, ocioso y satisfecho, como el Vaticano lo exige, es algo repulsivo. Un Dios obrero, no. "Dios, dice W. James, completando a Sócrates, es lo que hay de más humilde, de más despojado de vida consciente o personal; es el servidor de la humanidad... Confieso libremente que no tengo el menor respeto hacia un Dios que se bastara a sí mismo: cualquier madre que da el pecho a su niño, cualquier perra que da de mamar a la cría, presenta a mi imaginación un encanto más próximo a mí y más dulce". Desde nuestro punto de vista, Dios y genio son sinónimos. Todos somos Dioses. Si no lo fuéramos, si no encerráramos, más o menos escondida, una chispa de potencia creadora, no hubiéramos nacido. Todos somos genios; sólo el genio es. En unos duerme; en otros sueña. Nuestro deber consiste en cavar nuestra sustancia basta hallarlo, para devolverlo después en la obra universal.
"El mundo invisible, el mundo secreto que llevamos dentro...". Estas expresiones parecerán poco propias de un estudio filosófico. ¿Se puede hacer una filosofía de metáforas? Si el lector tiene paciencia, verá en otro artículo los motivos que nos inclinan a desconfiar de la lógica en uso, cuando se trata de tocar lo real. La lógica conduce a lo verdadero, mas para llegar a lo real es impotente. Lo verdadero es objeto de la ciencia; empleado en la utilidad común cambia de siglo en siglo. Lo real, objeto de la sabiduría es asunto que atañe directamente a cada uno de nosotros, Lo verdadero es exterior, lo real, interior. De lo verdadero nos servimos; de lo real vivimos, o por mejor decir, lo real es lo que vive. Lo verdadero exige los esfuerzos de nuestra razón, y la razón no es sino una parte de nuestro ser, lo real nos exige por entero. Un dialéctico puro es un mutilado. La humanidad no ha hecho caso a los metafísicos de gabinete, sino a los profetas, metáforas en acción. Hay en una metáfora más alma que en cien teoremas. Lo real no se explica: se siente y se ejecuta.

RAFAEL BARRET (7 de enero de 1876 - 17 de diciembre de 1910)
Escritor español que desarrolló la mayor parte de su producción literaria en Paraguay, resultando una figura destacada de la literatura paraguaya durante el siglo XX.
Publicado en "El Diario" (Asunción), 27, 28 y 30 de julio de 1908.