No tengo nada en mi haber más que mi Yo que he construido con Amor para ofrecértelo y darte lo mejor en mi entrega incondicional. No tengo riquezas más que las de mi Alma que he ido descubriendo con cada una de mis pequeñas vivencias. Todo con la intensidad de esa Sensibilidad que me hace llegar hasta lo más profundo y escondido que existe. Es un don y una desdicha a la par maravillosa y terriblemente desgarradora que me arrastra por la Vida con pies y manos atados y tirada por unos caballos que corren veloces entre matojos espinosos.

Mi cara está desfigurada pero tú la ves fresca. Mi piel torturada pero ni te puedes atrever a acariciarla. Mi cuerpo deformado parece intacto.

Me dejo ver, me dejo acariciar, me dejo reconfortar. Sólo si quieres pero si lo haces, asegúrate que te quedarás para siempre a cuidar de esas heridas con el mismo cariño y empeño que yo lo hago cada día. Si no eres capaz, tampoco podrás cuidarte. Soy tu yo, tu espejo.

Me gusta mi trayectoria pero es hora de descansar y disfrutar de un merecido reposo. Quiero el descanso placentero de las cosas pequeñas y cotidianas como el más preciado Tesoro imposible de tasar. Toda una Vida bien es una lucha y ya me estoy dando por vencida. Me falta aliento, me sobra Soledad para regalarle a quién quiera. Me sobran kilómetros, me falta un pequeño sendero compartido con unas notas sonoras.

Esta es una pequeña y humilde historia que como toda que comienza no tiene fin tan sólo otro capítulo por escribir y quiero que el siguiente sea colorido y comience con una frase que te dedico desde este preciso instante que es mi continuo presente: “Has venido y sé que ahora… Te quedarás.”