Me he negado tomar fotos de cosas tristes, de niños y de ancianos que piden dinero por las calles, he visto rostros y expresiones que han movido mi interior y por esa misma razón me he negado a fotografiarlas, sería como plasmar las cosas sociales que afectan a mentes que se jactan de ser profesionistas o inteligentes o simplemente que se atribuyen el acto de ser unas grandes personas o de sentirse buenos.

Conocí a Ángel de 7 años en el metro bellas artes de la ciudad de México; se acerco a mi pidiendo que le tome una foto y realmente no dude en hacerlo, sus manos sucias cargando unos caramelos y sus ojos llenos de algo como lágrimas y picardía me hicieron pensar que sería la foto perfecta, la foto que podría imprimir en blanco y negro para pegar en mi sala y sentirme dentro de mi propia galería de arte; inmediatamente después del clic salió de la nada una niña que después supe se llamaba diana exigiéndome 10 pesos por la foto que había sacado de su pequeño hermano; solo pude echarme a reír ya que había caído en la trampa o simplemente tengo tan cara de bonachón a veces que parezco una presa fácil.

Los niños echaron a reír al ver los veinte pesos y preguntaron qué fotos me gustaban, les conté y mostré algunas que he tomado de lo que no ha llegado a mi disco duro aun; al mismo instante paso por nuestro lado una rubia muy linda de ojos azules, sus botas de montaña y su cámara de fotos denotaban la palabra “turista”; nuevamente miré los niños en su actitud triste y con sus poses practicadas para que una moneda resbale entre sus dedos; no puedo juzgarles, más bien es darme cuenta que las fotos posadas de alguna forma son artificiales.

Seguiré tomando mis fotos sin decirle nada a la gente, sin que sus posiciones físicas o mentales traten de ser las mejores para salir bien, solo trataré de no dejarme llevar por esas sensaciones del momento perfecto, de la galería que todos queremos en algún momento.