Os contaría muchas más cosas sobre ella, sus ojos oscuros, grandes, siempre algo tristes, profundos, siempre mirando al frente, su boca de labios quizás excesivamente finos, con la comisura izquierda ligeramente elevada, siempre dispuesta a reir, a besar…. A cantar, sobre todo a cantar, su mentón atrevido y su pelo oscuro, casi negro. Era delgada, de culo respingón, pierna larga y cuerpo estrecho, nunca vi otra mujer a la que una falda corta le sentara tan bien, amiga de los azules cielo y de los rosas pálidos, esos colores que acabaron gustándome a mí también, dispuesta siempre a la risa, a un vaso de vino y a apretarse a mi lado…

Le gustaban Joan Baez y Cat Stevens, en eso nunca consiguió doblegar mi gusto distinto, y le gustaba bailar, en eso tampoco la seguía, ni tampoco en su gusto por las piscinas… No sé, le doy vueltas a algunos por qué, que este cuento me da pie y no encuentro esos gustos conjuntos que se supone que deberíamos tener.
La realidad es que nada de eso tenía importancia, solo su presencia, su olor a Nenuco, su forma de moverse y ese movimiento rápido de la mano apartándose el pelo de la cara era suficiente para que olvidase mi alrededor, y aquella manida expresión del vuelo de las mariposas en lo más profundo de tu vientre se hacía realidad, y los días eran todos soleados y un beso era mejor que mil primaveras.

Y estúpidamente perdí todo aquello.

Y no fue la única que me provocó todo eso, luego hubo alguna, tampoco muchas, más, pero ella, Marisa fue la primera…

Y vivimos más, pero ese más lo voy a guardar en mis adentros, en ese lugar por el que nadie transita más que nuestra propia memoria, no voy a contarlo, no porque yo sea discreto, sino porque algo de ella tiene que permanecer vírgen en mi memoria.

Un beso Marisa… Nos vemos, aunque solo sea en los recuerdos.

Madrid 1970 – Madrid 2014…