Ella siempre decía que nuestra canción, esa canción que todos los enamorados tienen, era otra, una que habla de amaneceres rotos y dulces jardines húmedos, de lluvias de otoño y de mañanas nacidas. Y yo por un tiempo lo creí, la entonaba junto con ella y aquel preso número 9 que los ángeles pusieron en su voz, una guitarra mal tocada y una mirada pícara en un bar de mala fama y peor ron.

Pero el tiempo que da otras perspectivas y quita inocencia, me enseñó que solo es mío, nuestro o suyo aquello que se identifica conmigo, con nosotros o con ella.

Y adopté para ella esa canción que nunca entonó y que no se si alguna vez sabrá que es también suya, que es nuestra, ojalá leyera estas líneas y supiera ahora algo que nunca supo entonces.

Luego vinieron tiempos duros disfrazados de colores, tiempos de knock, knock, knockin’ heaven’s door… Tiempos de risa ácida y de escaleras mecánicas de metro que conducen a espirales de alfileres, tiempos de cuero y pelo largo, de casi decir adiós. Anduvimos un tiempo ese camino hacia todas partes y que a ninguna nos llevaba, margaritas en el pelo y callos en las venas. Pero ya casi no íbamos juntos, nunca fue su camino, me acompañó un poco, al principio, estuvo a mi lado, pero poco a poco se iba quedando atrás, al final ella tuvo a mi amigo y yo mi rabia. De ese tiempo las cosas las recuerdo mal, no se si fue así o así quise que hubiera sido y me lo he inventado.

Pero esto ya no fue un cuento de amor, aunque sí lo hubo, así que tendré que volver, al Anciano Rey de los Vinos y a los reyes que delimitan la plaza de mi juventud, nuestro campo de juego, volver a recorrer Amnistía, Independencia y escondernos en Santa Clara, puertas recubiertas de zinc y enredaderas en los muros, rayos de sol y un palacio donde una marquesita jugaba a ser puta bajo unas sábanas ajadas y en donde a veces nos perdíamos los tiznados hijos de la calle.

Y agarrarnos de la mano, desnuda el alma y la cara vestida de rubor, perdernos entre unos bancos de madera en la iglesia que, sin querer, nos unió y rezar ante una Virgen de los Remedios que sujeta un niño descalzo de un solo pie.

Y comer aceitunas en un cucurucho de papel encerado y robar calabazate de una cesta mientras unas cervezas cambiaban de mano y mirarnos a los ojos y descubrir que no hay mundo mejor que su fondo, y escribir cartas desde una punta a la otra de España y marcar con carmín y hierbabuena esos recuerdos.

Se me agolpan esos recuerdos…

Y había inviernos fríos de castañas asadas y oropel, de guirnaldas en la frente y petardos sin explotar, de Plaza Mayor y vaho de niños que se pegaban en escaparates multicoleres repletos de deseos e ilusiones.

Y paseábamos de la mano, desnudas de guantes, deseosas de otra piel, y por la cuesta de San Vicente, frente al cine Príncipe Pío la agarré por primera vez de la cintura y temblé y tembló y no hubo en toda mi vida color más bello que el arrebol que subió a sus mejillas.

Sí, la sigo queriendo, como se quiere un hermoso recuerdo… Como a los piratas de Salgari, a las canicas conquistadas o al arroz con leche de una abuela aldeana.