Tú llenas todos mis sentidos
Como una noche en el bosque
Como las montañas en primavera
Como un paseo bajo la lluvia
Como una tormenta en el desierto
Como el tranquilo oceano azul
Llenas todos mis sentidos
Ven, vuelve a llenarme de nuevo

Ven, déjame amarte
Déjame darte toda mi vida
Déjame ahogarme en tu risa
Déjame morir en tus brazos
Déjame permanecer a tu lado
Déjame estar siempre contigo
Ven, déjame amarte
Vuelve a amarme de nuevo

Tú llenas todos mis sentidos
Como una noche en el bosque
Como las montañas en primavera
Como un paseo bajo la lluvia
Como una tormenta en el desierto
Como el tranquilo oceano azul
Llenas todos mis sentido
Ven, vuelve a llenarme de nuevo

Y así comienza un cuento de amor. Siempre cuando escucho esta canción, siempre, pienso en mis quince años y en el revoloteo de una falda tableada de color azul, unos ojos birillantes y como dijo el poeta, y si no lo dijo lo digo yo, en dos gacelas blancas temblando entre el deseo y el miedo. Vivía en la calle Toledo, en la acera de los pares, del número me acuerdo pero no quiero decirlo, tres números blancos en una chapa esmaltada azul y un cartel de asegurado de incendios en letras rojas inscritas en un bloque de cemento que imitaba piedra. Una puerta de madera y un beso volando entre sus recovecos esculpidos por el tiempo y los insectos.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Zapatos de charol y una cinta al pelo, siempre la quise, siempre la querré, aunque sea un recuerdo, es el primer recuerdo de un amor que comenzó aquel día que me miró entre asustada e interrogante en lo más profundo de una cripta de una parroquia madrileña. Eran nuevas, venían por primera vez, no recuerdo por qué, sería por amistad con alguno de nosotros, o quizás por un intercambio entre juventudes de distintas parroquias, no lo recuerdo, solo la recuerdo a ella, catorce años de inocencia y unos ojos inmensos. Lo supe, lo supo, un día entrelazaríamos las manos y descubriríamos juntos lo que ocultan unos labios inexpertos, un pantalón gris de franela y un jersey de pico verde.

No puedo impedirlo, cada vez que recuerdo aquellos años, más profundamente siento el desbocar de unos caballos en mi pecho y un puñal frío en mi vientre.

A veces, cuando de noche no puedo dormir y a mi lado siento el calor tranquilo de a quien hoy amo no puedo dejar de pensar en que hubiera sido si en un momento de mi vida no hubiera hecho lo que hice. Y dejo volar la imaginación y cambio las caras y el Winston por el Ducados y una oficina en Méndez Álvaro por una cristalería en la Puerta de Toledo y un sabor a chocolate con churros y un olor a cafetería acristalada en la calle Hileras me acompañan en mi sueño… Y siento que todo eso que pudo ser y no fue podría haber sido si no hubiera cometido el primero de mis innumerables errores.

Y recuerdo un banco de piedra y un magnolio y un guardia de parques y jardines con su traje de pana y un bastón de hierro en la mano, y anocheceres rosas reflejándose en un estanque de los campos del Moro y un pelo negro sobre mi pecho y llamadas telefónicas a media noche y una puerta entreabierta escondiendo una sonrisa.

Y siempre estaba ella, conmigo, descubriendo juntos lo que nadie nos enseñó, pasando frío en la plaza de Oriente y escondiéndonos en un piso de un barrio más allá de Carabanchel con nombre de santo vasco, buscándonos, encontrándonos…

Era mi reina y mi esclava, era mi sueño y mi realidad, mi descanso y mi ansia…

Y un día, no supe, no quise o me vencí. Un día de primavera, en la plaza de Oriente, me di la vuelta y dejé atrás un error, una equivocación.

Luego la vida siguió..

Pero aún hoy, la canción de Annie sigue conmigo y enredada en ella sigue Marisa.

You fill up my senses
Like a night in the forest …

Pero, luego recupero el oremus y no cambiaría nada porque hoy sigo amando… Y a ella la recuerdo.

Un beso.