Como todos los años por estas fechas empieza a invadirme una especie de melancolía. Dentro de un par de días comienzo las vacaciones, volveré a reencontrarme con la playa sin olas; con los olores ácidos de vino y salinos del pescado; con la gente que vuelve como yo y la que no se ha ido y siempre está; con la comida en la playa, la brasa en una esquina y la ajada en tazas de porcelana; con todo lo que es mi verano. Es una cosa rara, no me invade la alegría de las vacaciones, ni el ansia de querer irme, siempre me pasa lo mismo, empiezo a imaginar atardeceres rojos, rosas y azules, sentado en la playa, a un lado A Illa, al otro la entrada hacia Vilagarcía y enfrente, al otro lado de la ría, A Pobra. Y mi mente divaga mientras baila en la praza do Castro al son de A Roda y sus canciones de borrachos, pasea por A Mariña con un helado en la mano, recorre las silenciosas calles enmarcadas en piedra y camelios del casco antiguo cuando ya no queda turismo y solo resta en el aire el olor del pino, de los laureles y el del calor del horno de la panadería que comienza su tarea nocturna. Y entonces te invade esa sensación de paz y de sosiego que quieres que permanezca siempre y que unos instantes después se deshace como lo hace la nieve al calor.

Y no es que no haya alegría y “festa rachada”, no, es que yo creo que es lo que yo quiero tener, quiero mirar viendo, escuchar oyendo y comer saboreando. Quiero que cada momento sea único e inolvidable y llevarme su recuerdo para más tarde cuando el afán, las prisas y la rutina dominen durante otros once meses mi vida, parar un segundo, cerrar los ojos y cambiar el gris por el color del atardecer en el antiguo Mar de Frades, el plato del día en un restaurante cercano por el del pulpo del Saratoga y la carretera de Valencia por la senda del camino portugués que pasa por O Terrón.

Y ya digo que no es solo eso, que también hay tiempo para el concierto de quien sea, este año creo que es Miguel Bosé, en el fin de fiestas de San Roque, o Chenoa en la del Albariño. Y también tendré jornadas de vino, albariño por supuesto, aunque también habrá en alguna ocasión un mencía como dios manda, y la primera etapa de la vuelta ciclista a España, con todo lo que eso conlleva sobre todo cuando la salida estará a cien metros escasos de mi casa, y como no, habrá risas en el chiringuito Holandia de la playa y partidas de cartas jugándonos un jamón que nadie quiere que se lleve el profesional, que no tengo ni idea de como se llama, del centro de jubilados de Vitoria y que siempre lo gana y no lo comparte con nadie, y baños en A Lanzada, evitando las fanecas bravas y jurando en arameo por lo frío de sus aguas, y comeremos mejillones en la plaza del mercado en el día de exaltación a ese molusco que anualmente se celebra en Vilanova o en A Illa y también berberechos, aunque este año la cosa está fastidiada porque según tengo entendido no está siendo un buen año para ellos, en el Reiz y, ¡Cómo no! también almejas y luras en el mismo sitio, y compraremos conservas en Dardo y en Lafuente, y nos mojaremos en la fiesta del agua de Vilagarcía y al grito de ¡Úrsula, Úrsula! Desembarcaremos en las riberas del Ulla, allá en Catoira, enfundados en pieles, con casco encornado y espada de madera, y brindaremos en a noite das estrelas con ellas y con los que en ellas habitan, y recorreremos los tenderetes de los vinos del mundo por A Calzada en Cambados y saltaremos en el paseo marítimo al ritmo de los Suaves o de cualquier otro grupo que nos haga saltar, y nos reiremos con el Mago Anton y sus juegos de manos para niños como nosotros.

Pero… Mientras llega el momento de cargar el coche con las maletas que no entiendo por qué se reproducen a última hora y en las que mío solo van unas chanclas, esa melancolía me invade, y es dulce y tranquila y me gusta sentirla.

Debe ser la edad o que ya estoy de vuelta de muchas cosas.