Me gustaría ser Sabina y contar como solo sabe hacerlo él esos momentos mágicos escondidos entre las esquinas de las ciudades y los recuerdos de las esquinas de las mesas de formica de los bares de barrio, envidio su forma de hablar de los catorce abriles en canal, de las muñecas rotas con medias de seda negra y sus cien mentiras a la sombre de un cine de verano.
También me gustaría hacer poesía como Serrat y amar mi Cantábrico como el ama su Mediterráneo y saber rimarles y hablar de imágenes de cartón piedra y de Penélopes esperando un tren y de mujeres que saben a yerba y de fiestas y banderas de papel de balcón a balcón.
Y haber conocido a un tal Miguel Hernández y soñar entre vientos del pueblo y rayos que no cesan en muertos sentados sobre los años y zapatos vacíos en la desesperación de los peritos en lunas.
Y tantas personas… tantos Quevedos y Góngoras, tantos Machados y no solo Antonio y Dionisios de luceros y Lopes de Vega en vericuetos oscuros guardas en mano y cruces en el pecho.
Pero solo soy quien soy, y bien o mal, aquí estoy, éste soy.
Y os cuento como se lo que se y aquello que me invento, y espero divertiros y a veces, espero que pocas, hacer que lloréis, pero no de pena, sino de espanto por lo que escribo y como lo hago.
Y espero seguir contando con peores palabras que aquellos que me hubiera gustado ser o conocer, los vericuetos de mi pueblín y como huele la sal de mis mares y como Paloma me sedujo en un portal del Madrid de los Austrias, y como por mis venas, como diría Pablo Guerrero, corrieron caballos desbocados y como amo a quien me ama, y como sabe la arena del desierto y como las tormentas descargan sus hachazos de trueno y fuego sobre los montes escarpados de mis recuerdos y como una vez subí a un piso y allí no encontré más que una ventana desnuda y un visillo roto.
También pondré en mi boca y en mis letras la mirada glauca de mi abuela Verónica y la sabiduría de la que se llamó Eugenia, la mi güelina, la del ángel en la nieve y el ron en la lechera. Y la serenidad de mi padre, y su fuerza silenciosa y el abrazo de mi madre y el beso de todos ellos.
Y seguiré haciéndolo porque me da la gana y porque antes de que todo se pierda en cenizas entre un monte de Madrid, un mar de Asturias y una ría gallega, alguien sonreirá en Andalucía o llorará en Cantabria, o en el País Vasco o quizás en Cataluña o en cualquier otro lugar donde pueda llegar con mis cosas y las que ni siquiera son mías.
Y un día pararé y ese día sabréis que estaré mirándoos desde mi Itaca, allá donde mi camino me ha llevado, mi Finisterre, pero ese día espero que esté lejos…