Y se hunden los pies en la arena y ésta recoge su huella entre luces de ocaso y murmullos de mares y gaviotas, la enfunda en reflejos de oro y azabache y desaparece entre arcoíris y brillos de espuma y escamas mientras una sombra carmesí se pierde entre los surcos de una arena que nunca deja de moverse al son de los pálpitos de una luna que se muestra esquiva.
Y el horizonte se abraza sobre un fondo de púrpura y azul a un sol que apenas le calienta y le da color y la mirada se pierde entre espuma y risas de jóvenes que se descubren por primera vez.
Cerveza barata, un cigarro roto y un te quiero susurrado.
Y a lo lejos un ojo vigila el más allá brumoso roto por dos islas fantasmagóricas y los faros escalan alturas y encienden las curvas que se dibujan en el verde y gris de los montes que parecen arrojarse en un suicidio imposible por acantilados de capillas y leyenda.
Y por San Juan, entre sardinas asadas, faldas remangadas y escándalo de fuegos de colores, dos sombras saltan las olas mientras cantan canciones antiguas y unos cuerpos se unen al amparo de la piedra que canta, siguiendo un rito que su memoria ha olvidado pero que les late en sus venas castreñas.
Y hay alegría en el aire y fiesta en los olores y brillo en los ojos.
Y la playa se pierde en la oscuridad de las horas y solo queda el rugido sordo de la naturaleza líquida.
Y todo queda allí y allí lo encontraréis si buscáis y sabéis donde hacerlo.