Ha llovido, ha llovido mucho. Durante mucho tiempo el aire, la calle, la gente, todo… Todo ha sido una sombra gris en un paisaje gris detrás de un visillo gris. No había colores, casi no había distinción entre un plano y el siguiente, y las imágenes se pierden en un vacío gris sin fondo, informe, solo gris.
Triste, monótono, aburrido, día tras día asomado a una ventana que se precipita a ninguna parte, huyendo, quizás, de un futuro que a mordiscos nos recuerda que ha dejado de serlo cuando lo vamos dejando atrás. Dos gotas rojas y un vaso de agua en un recorrido circular que siempre vuelve al mismo sitio que habíamos dejado hace un instante o hace un siglo, qué más da, al final como al principio el resultado es el mismo. Un movimiento hacia ninguna parte.
Y llueve.
Día tras día, noche tras noche, y pasan las hojas grises de un calendario ajado al ritmo traqueteante de un proyector Eumig que ilumina una película en 8 mm en blanco y negro en el que aparecen niños corriendo por una pradera y que saludan agitando sus manos hacia alguien que se pierde al otro lado del objetivo.
Y los recuerdos acechan una presa que presienten débil y esperan su momento para envolver en un encanto tramposo a quien, abandonado, se rinde a los tiempos que cree mejores. Y cuesta levantarse y correr las cortinas y subir las persianas y abrir la ventana .
Y el gris se apodera de todo.
La cama ya no se hace, todo se olvida, un vaso de agua vacío deforma en sus ondulaciones el hastío de una lámpara apagada y un reloj despertador entona su rítmica canción interna a la espera de una hora que nunca llega.
Duerme, duerme, mi niño, duerme, deja que Catrina se aleje bailando en busca de su sueño dominical y se pierda entre los álamos grises de los murales de Diego Rivera, olvida que una vez Tanatos intentó tocarte sin conseguirlo.
Dulce, suavemente, escucha como llega el alba…