ELSA LÓPEZ
"Olivia o la esperanza"
El Alisio 1/8/2013

Se llama Olivia Li y nació en Pekín. De niña, en la guardería de su barrio en el anillo nueve de la gran ciudad China, hablaba y jugaba en mandarín. Ahora vive en España y lee novelas de Violetta, canta las canciones de Violetta y en la piscina imita a la perfección los movimientos de las deportistas de natación sincronizada que hacen enmudecer al público de Barcelona en los mundiales de natación 2013. Olivia tiene siete años y camina por el borde del agua haciendo sonreír a los que seguimos sus piruetas. Yo pienso en Olivia Li dentro de diez, veinte o treinta años. Veo sus acrobacias, sus volteretas armoniosas de bailarina; escucho sus carcajadas de complicidad, su voz entrecortada por el agua mientras canta algo indescifrable; contemplo su orgullosa manera de recibir una reprimenda, su magnífica, esplendorosa y rotunda soberbia ante las adversidades que le tuercen la vida o los dedos de los pies; y, sobre todo, observo su irónica manera de resumir las torpezas de los adultos. Olivia no acepta una reprimenda que no sea razonada paso a paso. Incluso no acepta ninguna reprimenda que no venga apoyada por la actitud irreprochable del represor. Si tienes razón, la tienes, y si no eres perfecto, según su escala de valores, no hace caso y, como mucho, te da un portazo en las narices (¡Santo cielo los portazos de Olivia a los 15 años!), se encierra en su cuarto y se pone a leer esa dichosa novela de amor adolescente en la que Violetta se debate entre Tomás y León mientras canta vestida de colores sobre un escenario de cartulina malva. Cuando entro a consolarla de tanta incongruencia en la que suelen caer los mayores, ella me mira con sus ojos enormes llenos de lucecitas verdes, apoya su cabeza repleta de rizos e interrogaciones en mi hombro y me dice muy seria: “No te preocupes, abuela, ya aprenderé”. Sabia respuesta. Sabia mirada. Sabia criatura que está dispuesta a aprender para poder sobrevivir. Yo respondo por ella. Tenemos las mismas reacciones, los mismos gestos, la misma fuerza, las mismas actitudes que los hombres de la familia han dado en calificar de “Rodríguez” como una manera displicente de designar esa “fiereza diamantina del carácter” tal y cómo ha quedado patente en la literatura universal en la que aparece descrita. Porque en nuestro linaje hay mujeres de carácter, tercas, mandonas y fieras. Nos defendemos bien y sobrevivimos, le pese a quien le pese. Somos muchas y de casta le viene a este galgo. Olivia es la esperanza. La esperanza de la tribu. Mi esperanza de seguir en pie. Un reflejo de la esperanza general porque gracias a ella muchas mujeres seguiremos viviendo en la resistencia.