El Alisio
19/06/2013
Por Elsa López/

Esperanza Rocha, Esperancita para muchos, reunió a sus amigos el sábado 19 de mayo. Era su cumpleaños y decidió hacer una fiesta. De colores era la fiesta. Como las de antes. Yo no estaba. Pero sé que hubo una fiesta y yo estaba lejos de donde estaba mi corazón. Pero sé que hubo risas y globos de colores. Y hubo amigos y alegrías. Amigos de diferentes lugares, de diferentes credos y de diferentes maneras de entender la vida. Lo sé. Y, al saberlo, he sentido la nostalgia de aquellas tardes en la Plaza del Planto, cerca de La Dehesa y lejos de Santa Cruz de La Palma, pegando banderas de colores en un infinito hilo de bala. Banderas de colores recortadas en papeles de seda que vendían en las ventas y que los vecinos colgaban de sus casas para festejar las fiestas de septiembre en honor del Cristo del Planto o del Llanto o de la Niñez Perdida.

Y recuerdo a los amigos haciendo poleadas con agua y harina para pegar las banderas. Todos juntos, sin otra ilusión que rellenar el cielo de distintos colores. Y el mundo girando en el aire como una fórmula mágica del quehacer en común.

El mundo, entonces, era una casa redonda y posible y nos íbamos a la playa a bañarnos en Los Cancajos y comer en la casa del padre de Esperanza; que aquello no era un bar, que aquello era una casa donde se amaba y se vivía y se comían paellas multicolores que nos preparaba María, la abuela de Esperanza.

El mundo, aquellos días, era una playa de colores. Y el mar era, igualmente, redondo e infinito, pero en nuestros corazones no era posible la nostalgia. Es ahora, precisamente ahora, cuando ya no nos cabe dentro de tan grande y pesada que se está haciendo, cuando llega Esperanza y da una fiesta que nos alegra el alma y reduce sus fatigas. Pero ella no lo sabe. Ella, en su generosidad, no sabe lo que nos ha regalado. Como tampoco sabe que la fiesta es un símbolo de fraternidad como lo son los colores cuando aportan vida y que cada color es una idea, un camino para ir de la mano sin mirar hacia atrás. Quizá ella no lo sabe aún. Por eso se lo digo.

Y le digo que Esperanza es lo que nos mantiene de pie. Y por eso pensé que su fiesta era más que un cumpleaños; que ya ella no cumple ni falta que le hace. Ella es, como siempre lo fue, el hilo de bala tirante, fino, y difícil de partir, que une a una multitud de amigos de diferentes colores.

Y también le digo que esa fiesta a la que no fui pero en la que estaba, es todo un ejemplo de vida posible