Querido Luis:
Ahí va esta carta escrita el año 1995 y con ella la oración con la que siempre te rezo. Siempre es la misma carta porque yo sigo siendo la misma y tú también.

No puedo desligarte de mi infancia, de mis veranos adolescentes, de Juan Fierro, Elías Santos, Gonzalo Cabrera, Ramón Gómez… De aquel día, hace 22 años, cuando te subiste a un escenario por mí y para mí, y demostraste con tu presencia que no querías dejarme sola frente a los que deseaban herirme. Aquella tarde en el Teatro Chico levantaste tu escudo para protegerme con el sencillo gesto de llamarme por mi nombre y poner a mis pies la espada de Lohengrin, caballero y salvador. Hoy, tu pequeña Elsa de Bravante, quiere decirte que aquel ademán en apariencia trivial, pero que encerraba la fuerza de una acción premeditada y valiente, abrió en mi corazón una brecha por donde entraste para siempre con tu Concha, tus hijas, tus costumbres, las cosas que te rodean e incluso las que ni siquiera sabes que existen pero me ayudaste a comprender y a estimar. Por todo aquello, por lo mejor de nosotros mismos, eso que construimos gracias a los que son como tú, deseaba estar aquí un día como hoy. Y sabiendo de tu amor por las hermosas palabras del Evangelio, ésta mujer, creyente hasta la desesperación en el género humano, quiere rezar por ti y para ti.

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque algún día nos encontraremos con la palabra de Luis Cobiella y nuestro espíritu crecerá y se enriquecerá con ella, porque Luis tiene ese don gracias al cual quienes le escuchan, crecen y enriquecen su pensamiento y su corazón. Porque su palabra nos cerca, nos sobresalta y al final nos despierta de ese sopor maligno en que nos sume la ignorancia. Y uno sabe que su palabra, como la lluvia menuda y lenta de La Palma que tanto amaba Pérez Vidal, acabará haciendo de nosotros una tierra más fértil.

Bienaventurados los mansos, porque algún día tendremos una parcela de tierra cerca del territorio en que Luis vive. Y allí, rodeados por muros de piedra seca, pequeñas flores silvestres, cabras, terneras, pájaros felices y toda la fauna alegre que nace y se multiplica en los campos que él habita, podremos contemplar sin miedo el paso de los días. Y allí, nuestro corazón se llenará de gozo y mansedumbre de la buena, de la que no se vende ni inclina la cabeza ante la soberbia de los poderosos.

Bienaventurados los que lloran, porque seremos consolados por Luis de penas grandes y chiquitas. Encontraremos un rincón soleado en medio del jardín que Concha protege y cuida, y cogidos de su mano emprenderemos un nuevo juego alrededor del mundo. Y se correrá de boca en boca el asombro de aquellos que se acercaron a ver de qué manera tan distinta se ríe la buena gente.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque quedaremos saciados si dejan que Luis se preocupe de nosotros y nuestras causas nunca perdidas. Y Luis, creyente firme en la justicia, defensor de los pueblos, pacífico guerrero acorazado de amor y raciocinio, levantará su espada y acometerá molinos imposibles. Y aquellos que fuimos en su busca lo veremos cabalgar arenas negras, desnudo de rocín y sin adargas, confiado en la esperanza del hombre bueno por naturaleza.

Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzaremos la dulzura de sus gestos; la expresión de su rostro cuando se acerca para besarte; el leve movimiento que nos hace retroceder por miedo a ser prendidos de su pecho y quedarnos en él acurrucados; y que luego Concha venga y se enfade y nos reclame ese sitio que es de nadie, sólo suyo, y que algunas veces los demás hemos querido tanto.

Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos no saben la suerte que tienen si algún día se les ocurre amanecer en Los Cancajos y allí se encuentran con un Luis Cobiella madrugador y paseante, vigilado muy de cerca por el amor temeroso de esa niña madre amante guardadora de su mayor tesoro: un corazón muy grande con la cara de Luis.

Bienaventurados los pacíficos, porque atemorizados por el estruendo que forman los hombres a base de tanto objeto inútil con que viven y adornan, huimos a las costas, nos refugiamos en las orillas del agua y, todavía estremecido el corazón, esperamos impacientes la llegada del cisne salvador. Y cada mañana, en un pequeño rincón de esa playa, algo separados, aunque no lejanos a la orilla y los que sueñan con un nuevo Grial, Luis Cobiella, con un apreciable tono nacarado, sentado frente al mar y huido ya definitivamente del ruido y de sus gentes, toma una taza de té amorosamente guarecido en su Concha.

Bienaventurados los que padecimos persecución por la justicia, porque allí mismo, en esa misma playa, pudimos abrazar a Lohengrin delante de un Luis complacido y feliz ante tanta ternura y pudimos compartir con él todo el amor y toda la esperanza».

(Este texto es parte del leído en el Instituto Luis Cobiella de Santa Cruz de La Palma el 14 de junio de 1995 en el homenaje a Luis y publicado en Homenaje a Luis Cobiella. Memorias y canciones. San Borondón: Poema sinfónico desde una isa por el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, Concejalía de Cultura, Servicio de Publicaciones.)


----------------------------------------------------------------------------------------------------------
SOBRE EL VOLCÁN >
Las mañanas con Luis Cobiella – Por David Sanz
26 junio, 2013 | Archivado en: Actualidad,La Fajana
3
No me gusta trabajar temprano. Soy un ave nocturna y, al clarear el día, se colapsan mis neuronas. Pero Luis prefería que empezáramos las sesiones temprano porque se encontraba más lúcido. A las ocho de la mañana, nos veíamos en la puerta de su casa todos los viernes Manuel Poggio y yo. Un cigarro antes de entrar, que aprovechábamos para concretar el tema que íbamos a tratar en la entrevista y al toque del timbre, se escuchaba la voz inconfundible de Luis Cobiella llamando por “¡Concha!” para que nos abriera la puerta. Y allí se presentaba ella, con su sonrisa y dulce mirada, dándonos los buenos días con la ternura de los ángeles. Antes de bajar al estudio, nos hacía un pequeño parte sobre cómo se encontraba Luis. De Concha no puedo decir otra cosa que su sola presencia iluminaba aquella casa más que los rayos del sol de la mañana que se colaban por el imponente ventanal con vistas al océano Atlántico. Manolo y yo bajábamos las escaleras que dan al estudio de Luis. Rodeado de estanterías cargadas de libros y fotos familiares, nos esperaba sentado en un sillón, que ya tenía alrededor preparadas las dos sillas nuestras. Con un gesto de amabilidad y de cariño nos daba la bienvenida. Eran los tiempos cercanos a la Bajada de la Virgen de 2010 y, antes de empezar, resolvía con Manolo algunos temas relacionados con las fiestas en los que ambos andaban metidos. Para, cinco minutos después, meternos en harina. Antes de empezar, siempre nos preguntaba para qué hacíamos aquellas entrevistas. Creo que nunca le dijimos el fin de ellas, tampoco nosotros lo teníamos muy claro. Lo que sí nos confesamos mutuamente era que aquella hora de la semana era un encuentro muy feliz. Y así, semana tras semana, mes tras mes, fuimos desgranando su vida, pensamiento y obra. No había pregunta que no respondiera, ni tema que no se atreviera a contestar. Hablamos de Dios, la música, la política, la amistad, el amor. Hablamos de la vida y de su vida. Su capacidad de reflexión era sobrecogerdora y solo la interrumpía Concha, cuando nos traía el café con leche y las galletas para desayunar. ¡Cuánto amor hay -hablo en presente- en esa casa! Mi pereza, una virtud para Luis, ha hecho que la redacción del trabajo se alargara en el tiempo. Ahora, por tanto que nos dio esas mañanas, no quiero que quede solo en el recuerdo

---------------------------------------------------------------------------------------------------------